“Viendo” con los ojos de Jesús

Lucas 7:36-50

Hoy leemos uno de los pasajes sugeridos por el calendario litúrgico para el 13 de junio. Se trata de una bellísima historia del evangelio que produce en nosotros tantos pensamientos positivos como muchas preguntas. Su lectura es extraordinariamente gráfica pero a la vez resulta tan poco familiar para nosotros. Aún en nuestra sociedad sexualizada y erotizada, la imagen de una mujer que juega públicamente con sus largos cabellos, que besa y que masajea con aceite perfumado los pies de un hombre suena tan distante que nos resulta complicado recrear estas imágenes mentalmente sin caer en distorsiones.  Aún así, estos versículos son continuamente usados como alegoría de lo extravagante e íntima que debería ser nuestra adoración a Dios. Creo que es justamente la entrega y atrevimiento del acto lo que llama nuestra atención, porque aún en los tiempos del Nuevo Testamento, tal demostración pública de pasión no era muy común tampoco.

Durante unos cuantos años tuve la oportunidad de servir en medio de comunidades de apoyo a personas que confrontaban diversos tipos de conflictos relacionales y sexuales. Una de las cosas que siempre me maravillaron durante aquellas reuniones fue la forma tan íntima, llena de agradecimiento y muchas veces extravagante que los participantes tenían de expresar su amor a Dios en adoración. Llegué a conocer a muchos de estos hombres y mujeres y a establecer amistad con ellos. Durante meses escuché sus historias, por donde habían peregrinado, conocí sus traumas, luchas y aflicciones, sin embargo, fue a través de su adoración tan expresiva que llegué a conocerles de una manera completamente diferente. Me vi obligado a aprender a verles con los ojos de Jesús pues los míos estaban llenos de prejuicios. ¿Por qué fijaba mis ojos en los pecados, luchas, caídas, tentaciones que ellos enfrentaban y pasaba por alto lo que Dios ya estaba haciendo en sus vidas?  ¿Acaso me sentía orgulloso y superior porque mis pecados y mi pasado eran menos escandalosos?  ¿Qué tal si yo simplemente había mantenido ocultas mis propias luchas y aparentaba fortaleza?   ¿Quién era yo para juzgar y dictar cómo deberían vivir, expresar su amor y decidir el recorrido de sus vidas espirituales? Aquellos momentos de adoración con ellos se constituyeron en verdaderas experiencias transformadoras para mi, fueron mi aprendizaje en cómo verme a mi mismo y a los demás a través de los lentes de la gracia.

Así como tuve estas experiencias con estos “pecadores” de la peor calaña, según los cristianos más respetables, Simón, el fariseo de la historia de hoy,  tuvo su oportunidad de ser transformado mientras presenciaba aquél atrevido acto llevado a cabo por una mujer de conocida reputación que con gran desparpajo cruzó el salón principal de su casa para caer a los pies de Jesús, su supuesto “invitado” de honor. Pero la visión de Simón se mantuvo limitada, su vista deficiente, porque la única cosa que podía imaginarse y recrear en su mente eran los pecados conocidos de aquella mujer y lo impura que ella debía ser. Tristemente, en su diálogo mental el tampoco puede ver al verdadero Jesús que está siendo revelado en la actitud de la mujer y la respuesta que da a sus actos. Para Simón, un verdadero profeta es alguien que conoce la vida de los demás y que busca la pureza a toda costa y en todo tiempo (V. 39). Definitivamente, según su juicio, lo que está presenciando solo demuestra que este hombre que ha invitado a su casa no es más que un farsante, alguien que, sin duda, no puede reconocer al pecado ni a los pecadores.

Solo unos pocos versículos antes, hasta Juan Bautista se hace preguntas y se atreve a dudar acerca de este Jesús que camina por Galilea (v. 19). Creo que siempre podemos hacer el mismo ejercicio de Juan Bautista. Ello no es escandaloso para Jesús, él sabe demasiado bien que siempre vamos a pasar por la duda en el proceso de edificar nuestra fe. Pero al final de nuestras vacilaciones y cuestionamientos lo que si nos requiere es que “veamos” lo que él está haciendo, reconozcamos su presencia, y aún, que le lleguemos a sentir casi como lo hizo Tomás. Por eso le dice a los mensajeros de Juan: “regresen y cuéntenle lo que han visto y oído”. Los ciegos recobraban la vista, los paralíticos caminaban, los enfermos estaban siendo sanados, los muertos resucitados, y las buenas nuevas estaban siendo predicadas a los pobres y marginados  de aquellas regiones. Eso era lo que acontecía en aquellos lugares y ellos habían estado allí en el lugar y tiempo correcto para “verlo”, sin importar cuán provocativo, amenazante y desestabilizador pudiera ser aquello para el status quo religioso.

En aquella casa, llena seguramente de invitados y curiosos, encontramos a un hostil Simón cuya vista está vendada por su ideología religiosa. Lo único que sus ojos pueden ver es la interacción sensual de una mujer que se avalancha sobre un hombre. El evangelio dice que se trataba de una conocida pecadora de aquél pueblo. Seguramente una de esas que llenarían las columnas de los diarios amarillistas. Tenía un pasado, que a los ojos de la mayoría de intérpretes varones de este pasaje era el de haber sido una trabajadora sexual. Los tonos eróticos de la ofrenda de su perfume y sus largos cabellos sueltos complican las cosas. Al leer así el pasaje nuestros ojos se vendan casi como los del propio Simón. Con nuestra curiosidad natural, nuestra mente baraja las posibilidades y nos preguntamos cuán graves y extensos habrían sido sus pecados. En ese momento perdemos de vista a la nueva mujer y al Jesús que se nos está revelando a través de ella. Solo vemos su pecado sexual.  Pasamos por alto el dolor y las lágrimas y nos abocamos a pintar la imagen de una sexy y sofisticada mujer que está seduciendo a nuestro Señor. No somos capaces de percibir la gratitud que se dibuja en sus actos porque no nos podemos imaginar que todos sus pecados ya han sido perdonados, y esa es la única razón por la que ella ama tanto, por la que se expresa de maneras tan extravagantes. Necesitamos urgentemente cirugía en nuestros ojos, una extirpación de esas cataratas que nublan, precisamos encontrar la manera de ver con claridad.

“¿Ves a esta mujer Fernando?” “¿Ves a este hombre?” “¿Ves al ser humano por encima del pecado, conflicto, condición, desorden, género, raza, posición social, nacionalidad o lo que sea?  Esas son las preguntas que el pasaje provoca. Simón estaba discapacitado para ver a pesar de que era un reconocido dirigente religioso. Qué más se podría esperar si pertenecía a ese grupo a quienes Jesús denominó “niños malcriados” (v. 31) que se quejaban de todo, cuya insensibilidad negaba la evidencia de las obras de Jesús y sus manipulaciones solo atentaban con destruirle. Una cosa es cierta de esta lectura, Jesús siempre va a estar del lado del pecador. Defiende a la mujer de la actitud farisaica destructiva de Simón, aún antes de que él la pudiese expresar abiertamente. Como en muchas otras instancias con los fariseos, Jesús parece leerles su mentes, conocer sus intenciones, sus ideas, saber de antemano cuán insensibles pueden ser a las obras de Dios.  Queda claro que ser religioso, “puro”, o estar sentado al lado de Jesús no es garantía de que se puede “ver”.

Creo que una buena prueba de nuestro crecimiento espiritual es cuando comenzamos a ver a Jesús en las vidas de otras personas. La Madre Teresa contaba que antes de salir a las calles de Calcuta la congregación oraba para encontrarse con Jesús, “ver” a Jesús, en las personas que servían en medio de la pobreza y la precariedad. Nosotros decidimos adoptar ese modelo y empezamos a orar para encontrarnos con Jesús entre aquellos con los que adorábamos en las comunidades de apoyo. Fue allí cuando comenzamos a entender la naturaleza del perdón, a “ver” a las personas más allá de sus pecados, a percibir la paz recién descubierta en sus vidas, y disfrutar del gozo que era derramado exuberantemente en sus cantos y oraciones. Como resultado de ello pudimos unirnos con libertad y con todas nuestras fuerzas en sus alabanzas a Dios.

English version.

Una versión narrada del pasaje la encuentras aquí.

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Acerca de famorac

Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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4 respuestas a “Viendo” con los ojos de Jesús

  1. mirna dagui dijo:

    Que importante es ver con los ojos de Jesùs a los demàs, y entender que estamos tan necesitados de El, tanto o màs que ellos, yo tambièn extraño esa extravagancia en la adoraciòn en las reuniones de zapato nuevo.

  2. Mayela dijo:

    Fernando una vez más alimentas mi alma con tus reflexiones. Agradecida a Dios por tu vida. Estas entre mis afectos.

  3. Iris dijo:

    Hermosa reflexión, gracias por compartirla. La adoración sin limitaciones o extravagante como tu la llamas, es la manera más hermosa que tenemos para intimar con Dios. Hay que estar en los zapatos de una persona que Dios le ha perdonado “mucho” para entender tanta entrega luego.
    Mi oración es para que Dios haga esa cirugía “urgente” en cada persona.
    Un abrazo Fer, te amo Dios te bendiga.

  4. Enrique dijo:

    Fernando, muchas gracias por lo que diste, y sigues dando, a pesar de la distancia sigues siendo un apoyo para mi vida.

    Hace unos días en Facebook hablabamos con Nora de la adoración que teníamos en ZN y yo creo que adoración va más allá de lo que nosotros creemos que es. Adoración es intimidad, es profundidad no una mera alabanza o acción de gracias, es conocer desnudarse y ver a otros desnudos pero a la vez cubiertos por la Gracia de Dios.

    Siempre te comentaba que quizás ZN debía llegar a desaparecer algún día una vez la gracia de Dios se esparciese y fuera algo natural entre las iglesias y grupos cristianos,
    aun no veo que esto se haya cumplido en su totalidad. Es posible que las formas y las herramientas deban actualizarse pero lo que debemos seguir haciendo es “Practicar Su Presencia” en todo momento y dejar que el nos muestre las cosas como el las ve.

    Gracias por haber sido apoyo por enseñarme a dejar que se me quiten las vendas de los ojos para ver un poco más de cerca a Jesús en el que está a mi lado.

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