Caminando por lugares oscuros y solitarios

Lucas 8:26-39

La descripción de un hombre encadenado en un lugar solitario y tenebroso, antecedida de una inesperada tormenta, nos sugiere una escena macabra, sacada de una película de terror. No creo que muchos de nosotros hayamos tenido esta clase de encuentros con personas en situaciones de enajenación y enfermedad mental, con su violencia interna llevada a los extremos más aborrecibles. Sin embargo, la experiencia de la violencia física es hoy en día bastante frecuente, y para muchos, es un fenómeno doméstico y cotidiano.

Leyendo este pasaje me puse a pensar en aquellos momentos en los que mi rabia me ha dominado y el temor que he sentido de mi propio descontrol. A mi mente regresaron los ojos iracundos de nuestro primer vecino que corría detrás de su mujer para caerle a palos y nosotros a duras penas interponiéndonos a su paso arrollador. Pensé también en algunos de esos hombres que poseídos por un espíritu de violencia han destruido vidas a su alrededor. Recordé que hace apenas unos pocos domingos amanecimos con aquella triste historia del campeón mundial de boxeo que asesinaba a su esposa, después que ya había abusado de ella en numerosas otras ocasiones sin que los recursos legales se cumplieran cabalmente. Pensé en el deterioro de nuestra sociedad y la preeminencia de la violencia masculina en el ámbito domestico y la incompetencia del sistema judicial que no pudo evitar el desenlace fatal, pues el campeón siempre lograba desencadenarse y volver a repetir sus estallidos de violencia, tal como aquel hombre que salió al encuentro de Jesús en el camino de Gerasa.

Las cadenas nos describen el temor de sus paisanos a los arranques de rabia y violencia que aquél individuo demostraba con consecuencias destructivas para consigo y sus semejantes. Aquel indigente, deshumanizado y marginado, moraba en lugares oscuros como un símbolo visible de la maldad en aquella comarca. Pero aquellas pesadas cadenas no podían contenerlo y terminaban reventándose cada vez que sus arranques de ira lo dominaban.

Pareciera que todas las culturas tienen esta clase de hombres que parecen monstruos capaces de hacer daño de forma descontrolada. Aquel endemoniado que sale desde su escondite en las tumbas, representa la degradación de aquella cultura pagana y su pasivo sometimiento a la violencia y la maldad. En cierta forma nuestro joven campeón de boxeo, con su tatuaje del presidente de la república en el pecho, representa a una sociedad en escombros, donde la política no ha podido vencer la desesperanza, por el contrario, ha sembrado la división entre hermanos y ha generado más violencia que se expresa a diario de diversas maneras.

Pero debemos preguntarnos: ¿Por qué Jesús toma ese camino? ¿Por qué se dirige en aquella dirección como buscando deliberadamente toparse con la maldad personificada en aquél individuo? ¿Será que quiere enfrentarse a los demonios para satisfacer un deseo interno de victoria espiritual como algunos exorcistas pasados y actuales? ¿Acaso su confrontación con aquél indigente trae una denuncia, una crítica, un juicio a aquellos pueblos y sus creencias? O quizás, simplemente es su compasión la que lo impulsa, su deseo de hacer el bien sin importar sus consecuencias, sin que ellas tengan que ser políticamente correctas.

En el pasaje podemos leer a Jesús como el “todopoderoso” que es capaz de aplacar tormentas y dominar a un endemoniado que se arrodilla delante de él y lo proclama como “Hijo del Dios Altísimo”. Incluso podríamos decir que hay una “batalla espiritual” cuyo desenlace final es la sanidad del hombre. Otra lectura que es bastante atractiva para mí personalmente, nos revela a un Jesús misional que traspasa los límites de lo puro/impuro para meterse en una región griega, llena de idolatría y dioses paganos, para tratar, en medio de aquellas tumbas, con los espíritus inmundos que plagan aquél individuo y permitir que vayan a morar en un rebaño de cerdos. Otros han intentado ver en el texto a un Jesús que trata con la enfermedad mental de forma paciente a través de su diálogo con el hombre y sus atormentadores. Otras lecturas más elaboradas ven al pasaje desde una simbología político-religiosa, donde el hombre representa las naciones ocupadas por legiones del poder invasor romano y a Jesús estableciendo el reinado de Dios en aquellos lugares. Cualquiera sea la interpretación del pasaje que adoptemos, no cabe la menor duda de que el interés principal de Jesús es el hombre y su sanidad de aquella condición indignante a nivel social, moral, mental y espiritual.

Hace poco mi esposa se encontró con una mujer en la isla de Grenada que le contó acerca del dolor que tenía en el hígado. “¿Por qué no vas al médico?” le preguntó mi esposa y ella contestó que ya lo había hecho, pero que su esposo se las había arreglado para estar presente en la consulta y no dejar que ella mencionara una palabra acerca de los golpes recibidos. Como vemos, no hace falta estar poseído por una legión de espíritus para necesitar a un Jesús que gentilmente se detenga en nuestra vida y nos ayude a salir de esa violencia interna que se ha instalado en nosotros los hombres y que es el resultado de nuestra frustración por no poder vivir la masculinidad a los niveles que la sociedad patriarcal ha establecido. Sentimos que las cosas se salen de nuestro control, pero carecemos de los mecanismos psicológicos para expresar nuestros fracasos y exteriorizar nuestro dolor. La olla de presión que somos va llenándose de vapor progresivamente y de repente estalla manifestándose en violencia verbal o física, y causamos daño a los más vulnerables con consecuencias a largo plazo que no podemos predecir.

En gran medida han sido los movimientos de mujeres los que han aportado más para la erradicación de la violencia doméstica. Pero la violencia masculina es un problema de los hombres que nosotros mismos debemos confrontar, no importa que se atraviesen tormentas en nuestro camino. Hay que desviar el rumbo y detenerse en esos caminos oscuros donde hay hombres encadenados y tratar con ellos. No podemos seguir con respuestas evasivas como la que dio el mandatario nacional en el caso del boxeador: “ante la tragedia la función debe continuar”. Una opinión demasiado superficial ante un problema tan grave y extendido en nuestra sociedad. Pienso que hace falta arriesgarse para confrontar la violencia masculina y ayudar en la liberación de aquellos atrapados por dragones internos y por legiones de espíritus atormentadores. Necesitamos aprender de Jesús que se atreve a salir del terreno conocido y aventurarse en zonas paganas para toparse con un hombre poseído y dominado por fuerzas que parecen traspasar su humanidad,  con el solo propósito de revelar su poderosa presencia y sanarle, sin dejar de denunciar la injusticia, inmoralidad e idolatría  de aquella sociedad.

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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Una respuesta a Caminando por lugares oscuros y solitarios

  1. Manuel Olivo dijo:

    Ante todo me encanta la reflexion…. Me parece que el suceso del boxeador es una punta de iceberg de un problema social muy profundo como es la violencia hacia la mujer… Han habido muchas opiniones acerca de quien tiene la culpa de esta situacion en particular y, como era de esperarse, ha tomado un tinte político; lo cual ha desviado la atencion acerca del verdadero problema, y es el que tu mencionas (creo jeje), un hombre que dice sentir amor por la mujer termina cometiendo semejante transgresion en contra de ella, es un tema común, y creo que se hace más facil para la sociedad ver causas secundarias, como lo es la irresponsabilidad de las autoridades; a observar con cuidado el comportamiento degenerativo de Valero, el cual obedece a no poder lidiar con sentimientos que pueden ser mas cercanos a la mayoria de nosotros, como lo son la rabia, la obsesion, etc. Gracias por el artículo, tambien me gusto mucho la relacion con la historia de Jesus. Aunque dichas asociaciones me hacen dejar de leer normalmente, esta vez fue muy enriquecedora.

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