¿Hijos del trueno o discípulos radicales?

Lucas 9:51-61

Hace exactamente un año caminaba desprevenidamente con unos amigos por una calle de una ciudad de Francia, cuando fuimos sorprendidos por un bullicio inmenso, banderas, gente danzando, gente con pancartas, carrozas atestadas de hombres y mujeres lanzando consignas.

Nos miramos las caras un poco sorprendidos y seguimos la manifestación un rato. Se trataba de la marcha del “orgullo gay” de aquella ciudad. Algunos grupos parecían muy extravagantes y exagerados, con vestuarios provocadores que muchos podrían tildar de ofensivos. Otros, más recatados, hacían referencia a una variedad de consignas, desde derechos humanos, el SIDA, uniones legales, etc.; aún vimos grupos familiares enteros que marchaban en apoyo a sus miembros que estaban en aquella demostración. Tomamos fotos, reímos un poco, pero no cruzábamos muchas palabras a causa del bullicio. Salimos de aquellas calles y nos dirigimos a un café.

A pesar de lo ruidosa, sensual o contradictoria que aquella marcha pueda haber sido para nosotros, no hicimos mayores comentarios sobre eso, inmediatamente nuestras palabras se enfocaron en los amigos comunes cuya orientación sexual ha seguido esos caminos. Del espectáculo pasamos a lo concreto, de lo distante a las caras conocidas, de la generalización a la relación y la amistad. En esos momentos, cualquier alusión a este tema se nos hizo real, liberándose de lo banal, del chiste y de las manipulaciones a la que ha sido objeto.

Según algunos estándares religiosos contemporáneos quizás una actitud más apropiada de mi parte como cristiano hubiese sido haberme parado allí en la acera con una gran pancarta mandando a toda aquella gente para el infierno, o vociferando consignas citando versículos bíblicos del Antiguo Testamento, o repartiendo volantes con slogans condenando el matrimonio homosexual. La verdad es que no me puedo imaginar como “hijo del trueno”, pidiendo fuego del cielo para que consumiera aquella manifestación, aunque supiera que muchos de los allí presentes habían rechazado abiertamente el cristianismo.  ¡Tamaña idea sería criminal y cuidado si no estuviera atentando contra alguien cercano, querido o admirado!

Al leer el pasaje de esta semana me tranquilizo, pues veo a un Jesús paciente frente a la impulsividad, celo y fanatismo de sus propios discípulos. Más bien los “reprende”, como a la legión de demonios en Gerasa, por habérseles ocurrido la idea de destruir aquel pueblo samaritano, solo por no querer darles hospedaje. Mientras tanto, sigue adelante, sin perturbarse, con su rostro firme hacia Jerusalén. Sabe que tarde o temprano aquellos samaritanos que no le recibieron necesitarán de su amor y estará listo para dárselo.

En varias historias que siguen en el propio evangelio de Lucas, en otros evangelios, así como en el libro de los Hechos, nos vamos a encontrar con samaritanos que son ejemplo de prójimo, de agradecimiento, con una samaritana que se convierte en misionera, y con miles que reciben el gozo de la salvación en los poblados. Un pueblo, inmensamente despreciado y aborrecido por los judíos, no fue dejado de lado por Jesús en su declaración misionera en Hechos 1:8, en la cual recordaba a sus seguidores que las buenas nuevas eran también para aquellos que no pensaban igual, para los que se vestían diferente y tenían costumbres distintas, y aún hasta los que habían llegado al extremo de haberle rechazado.

Pero qué contagiosa es esta actitud de Santiago y de Juan y como se ha extendido hasta nuestros días. No es difícil afirmar que una gran proporción de la iglesia contemporánea es inmensamente agresiva e intolerante contra quienes no comparten sus puntos de vista y esa violencia se multiplica, como mecanismo de defensa, en la medida en que la iglesia ve perder su poder hegemónico frente a la pluralidad de ideas y pensamientos del mundo actual. Parece que hay “suficiente religión para odiar, pero no tanta como para amarnos los unos a los otros”, según decía Jonathan Swift en 1711. Creo que la iglesia cristiana, en estos momentos de la historia, se encuentra en medio de una tensión dinámica entre el fanatismo religioso que clama por el fuego y la radicalidad que exige el seguir a Jesús basándose en el amor y la compasión.

Justamente la última parte del pasaje que estamos considerando se enfoca en las demandas del discipulado. Uno ve hasta cierta intransigencia en las exigencias que pone Jesús para seguirlo en comparación con la manera como pasa por alto el rechazo de los samaritanos. El problema está en que los “candidatos” a discípulos con los que sostiene estos duros diálogos supuestamente han manifestado un interés en seguirle. Sin embargo, el sabe que cada uno tiene un orden de prioridades en el que el reinado de Dios no está en el tope de la lista. Los bienes materiales, el apego a las costumbres o las tradiciones y los compromisos relacionales, están muy por encima de seguir las enseñanzas de Jesús sobre justicia, amor y transformación, haciendo caso omiso a las carencias, incertidumbre y renuncia al poder humano que el discipulado ofrece. Ésta es la radicalidad que los seguidores de Jesús necesitan.

Como dice Dallas Willard, somos aprendices de Jesús que estamos en el proceso de llegar a hacer las cosas que nos corresponden a la manera como él las haría. Sus actitudes, respuestas, diálogos, encuentros son modelos de cómo actuar en las situaciones que enfrentamos día tras día. Quizás si nos enfocamos en esos modelos seríamos más radicales y menos fanáticos al considerar los problemas que perturban a la sociedad.

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Acerca de famorac

Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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Una respuesta a ¿Hijos del trueno o discípulos radicales?

  1. Lucho Llanca dijo:

    Muy buen Post, definitivamente tenemos tanto que aprender que para eso tenemos la vida misma.
    Un abrazo!!

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