Rezando por él…

En el cuento de Miguel de Unamuno “San Manuel Bueno, Mártir” el cura de la localidad ficticia de Valverde de Lucerna, anima a un joven a que ore por su madre agonizante. El joven ha pasado una larga estadía en América Latina y ha venido de vuelta a España habiendo perdido su fe católica, incrédulo de muchas cosas y principalmente desconfiado del clero. Pero el cura insiste y finalmente convence al joven que al menos prometa a su madre que rezará por ella:

 -Su cielo es seguir viéndote, y ahora es cuando hay que salvarla. Dile que rezarás por ella.

-Pero…


-¿Pero…? Dile que rezarás por ella, a quien debes la vida, y sé que una vez que se lo prometas rezarás…


Ante tal insistencia del cura, al joven no le queda más remedio que prometer, lleno de lágrimas, delante de la madre moribunda, que rezaría por ella de allí en adelante.

El tema del cuento de Unamuno es interesante desde varios ángulos: la fe, la religión, el amor al prójimo, la salvación después de la muerte. Don Manuel, el cura de Valverde de Lucerna, es quien insiste para que aquél joven con ideas progresistas y anticlericales rece por su mamá. El sacerdote es descrito por Unamuno como un personaje complejo, lleno de dudas, y tremendamente angustiado porque está consciente de que carece de una fe sólida, un secreto que no puede compartir con nadie en el pueblo (un personaje que sin duda vale la pena analizar por todos aquellos que pretenden ejercer el ministerio religioso cristiano). Don Manuel, sin embargo, es considerado por sus feligreses como un “santo” pues despliega una fervorosa religiosidad y espiritualidad. Sin embargo, lo cierto es que nunca  muestra completamente su personalidad y nadie conoce sus contradicciones. Sufre a solas su carencia de fe, su incapacidad para creer. Semejante martirio es por el bienestar y el consuelo del pueblo, ya que como él mismo lo dice, “con mi verdad, no vivirían”.

¿Es posible que se pueda rezar, orar, hacer obras en nombre de Cristo o de Dios sin que necesariamente se crea en ello, o bien, con una “verdad” interna distinta a la que se profesa externamente? Parece una pregunta compleja y filosófica. Ella ocupa buena parte de la narración en el cuento de Unamuno. Sin embargo, en estos días la pregunta ha revivido en mis propias reflexiones y consideraciones acerca de lo que es la espiritualidad, especialmente frente a los acontecimientos de mi propio país.

Comencé a pensar en esto cuando se reveló que la salud de nuestro Presidente Hugo Chávez había recaído nuevamente y que requería una cuarta intervención quirúrgica en Cuba. Entonces, comenzó una repentina ráfaga de llamados a orar por su salud. Ministros del gobierno, líderes de partidos políticos que apoyan a Chávez (como el partido comunista) y candidatos a las gobernaciones tomaron tiempo para solicitar la intercesión por el enfermo y aún para asistir a eventos de oración de diferentes grupos religiosos, fueran ellos cristianos o no. Hasta en Cuba se hicieron servicios religiosos con asistencia de funcionarios gubernamentales a favor de la pronta recuperación del presidente venezolano. Debo admitir que la receptividad del pueblo a estas solicitudes fue amplia y sincera. Creo que hay que seguir orando pues la enfermedad sigue y la situación del país continúa en gran medida dependiente del desenlace de la misma. Así que en atención incluso a lo que dice 1 Timoteo 2:1-3 es necesario mantener este espíritu de oración vivo.

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(militares cubanos rezan por Chávez en La Habana)

Lo que no se ajusta muy bien con mi forma de pensar es de dónde provienen estas peticiones y quiénes son sus portavoces. El caso es que marxistas o comunistas que oran, y sobre todo del tipo que promueve la oración ferviente, son sin duda una novedad para mí. Parece que la oración deja de ser “opio del pueblo” según la conveniencia. Lo interesante es que, como razonaría don Manuel, parece ser que con la “verdad” de la revolución únicamente el pueblo difícilmente sobreviviría, y hay que recurrir a esta vieja arma de la espiritualidad para renovar las esperanzas de los venezolanos.

Pero debo decir que la oración no es un simple tranquilizante en estos momentos de inquietud nacional.  No se trata de un recurso político momentáneo o transitorio que luego podamos olvidar o desechar. Sería tonto subestimarla y especialmente menospreciar a quienes de veras creen en ella. Como lo dice Walter Wink en su libro Engaging the Powers, la oración intercesora visualiza un futuro alternativo diferente a aquél al que apuntan las fuerzas dominantes del momento presente. Mediante la oración, lo imposible puede hacerse realidad, pues los creyentes están invocando una intervención del cielo en la tierra. Es por esto que, parafraseando las palabras de Wink, la historia (de Venezuela) pertenece a los intercesores. Es decir, aquellos hombres y mujeres que creen que nuestro futuro no ha sido decidido aún y por lo tanto oran constantemente a un Dios que está abierto al cambio y que puede intervenir en nosotros y a través de nosotros para que nuestro futuro sea más humano que el presente dramático en el que estamos inmersos (Wink, 301).

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Acerca de famorac

Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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