Carisma que mata…

El problema del carisma es que termina con el líder. Para continuar sin él, la democracia necesita ser reforzada con dos ingredientes cuya química es igualmente compleja, sobre todo en un inmediato período poscarismático: la institucionalidad y la participación popular (Boaventura de Sousa Santos)

 Tal vez Chávez realmente murió por tener un corazón demasiado grande (Slavoj Žižek).

El líder carismático no abdica, ni siquiera cuando el agua llega a su cuello. Precisamente, en esta disposición a morir yace uno de los elementos de su fuerza y su triunfo… (citado por Stephen Turner[1])

 A raíz del fallecimiento de Hugo Chávez Frías se han producido comentarios y escritos por doquier. La verdad no se si lo que voy a escribir añada nada nuevo, pero creo que el ejercicio me ayuda a aclarar ciertas dudas, a encontrar algunas respuestas y tratar de visualizar un poco hacia delante. Como decía en el blog anterior, una de las cosas que más nos cuesta asimilar y entender es ese proceso progresivo por medio del cual, un individuo con una estructura familiar, formación y oportunidades bastante ordinarias para los estándares de la clase trabajadora y media venezolana de los años 60 y 70, terminó convirtiéndose en el líder “más carismático” a nivel mundial de las últimas décadas, como algunos comentaristas de izquierda y de derecha han señalado.  Por ello me pareció interesante comenzar con la cita del Profesor de la Universidad de Coimbra, Boaventura de Sousa Santos, quien escribió un interesante análisis de la situación nacional a raíz de la muerte de Chávez. En su escrito De Sousa Santos insiste repetidas veces en hacer referencia al “liderazgo carismático” de Chávez y señala cómo ese carisma puede aniquilar al líder (aparentemente con la hipertrofia cardiaca a la que se refiere Žižek), dando algunas luces de lo que podría ser un período que denomina “poscarismático” y al que me referí en el blog anterior como la “rutinización del carisma” para usar un concepto derivado de Max Weber. Definamos entonces qué es este carisma del que tanto hablamos y oímos hablar.

Mi familiarización con el término carisma se produce en los años 70 cuando entro en contacto con la renovación carismática católica y en 1978 con el pentecostalismo. En esas corrientes cristianas los carismas hacen referencia a los dones con los que el Espíritu Santo dota a una persona para el ejercicio de la misión cristiana, para el bien de los demás, para el servicio dentro y fuera de la iglesia, bien sea en sabiduría, conocimiento, profecías, discernimiento, poder para obrar sanidades y milagros, hablar en otras lenguas e interpretarlas (1 Corintios 12:7-11). Nótese que el énfasis aquí es el servicio, el bienestar de los otros, la mutualidad, la horizontalidad dentro de una visión corporativa donde hay muchos miembros que se necesitan los unos de los otros, y donde los que parecen más débiles son indispensables (v. 22).

Sin embargo, en el uso del término carisma que Weber introduce en sus escritos, aunque derivado del vocablo cristiano, hace referencia a la vinculación que establecen aquellos líderes que demuestran cualidades y atributos especiales con sus seguidores. Por lo tanto el carisma en si mismo no reside totalmente en el líder que posee esas cualidades carismáticas, ni en el seguidor abierto al influjo de ellas, sino en la relación que surge entre ambos en medio de una situación o ambiente que la facilita o promueve. Para Weber el líder carismático puede ejercer su poder de manera legítima sobre sus seguidores y por lo tanto llegar a poseer autoridad sobre ellos. De acuerdo con Weber, el líder carismático tiene una misión revolucionaria que se opone a las reglas establecidas, que renuncia o rechaza el pasado, que desmonta tradiciones, costumbres, reglas y jerarquías conocidas. Por ello demanda de sus seguidores fiel obligación y lealtad a la misión, sin términos medios, tratando a quienes se le resisten, oponen o cuestionan como enemigos imperdonables, poco menos que traidores o delincuentes comunes (los parias morales, despreciables egoístas aburguesados, desagradecidos y rebeldes opositores de Chávez a los que se refiere Gisela Kozak en su artículo).

Weber definió tres tipos de autoridad: la racional, la tradicional y la carismática. Las dos primeras se basan en estructuras legales para la transferencia del mando, como en los casos de la sucesión a un trono o de elecciones libres. En el caso de la autoridad carismática, el líder es aceptado por sus seguidores sobre la base de que está dotado de unos dones extraordinarios otorgados por poderes superiores e incluso divinos. Además, los seguidores aceptan de buena gana su autoridad pues ella proviene de su santidad, heroísmo, o carácter ejemplar, rayando hasta en lo sobrehumano o sobrenatural[2].  En este último punto radica también la vulnerabilidad del liderazgo carismático  puesto que si en algún momento perdiese sus supuestas dotes extraordinarias, a pesar de que el líder domina en gran medida las creencias, emociones y acciones de sus seguidores, existe siempre la posibilidad de que éstos le den la espalda.

chavez2El problema que observamos en primera instancia con estas definiciones es que Chávez fue electo en 1998 en elecciones nacionales, tal como lo establecía la constitución vigente. En otras palabras, según Weber, originalmente se le otorgó una autoridad legal para el ejercicio de su cargo. Sin embargo, al final de sus días es reconocido nacional e internacionalmente como poseedor de un liderazgo carismático que traspasa fronteras. ¿Cómo llegó Chávez a adquirir esa autoridad carismática de la que todos hablan? Comúnmente se dice que el liderazgo carismático emerge durante las épocas de crisis. De acuerdo a la perspectiva weberiana, Chávez habría surgido a raíz de la crisis social de grandes dimensiones de los años 1989 a 1998, habiéndose mostrado como alguien dotado con esos “poderes especiales” que permitirían encontrar las soluciones necesarias. Con el correr del tiempo, Chávez logra articular una visión de país la cual comparte con la multitud de sus seguidores, mediante un largo y complejo proceso comunicacional. Más adelante, la visión se articula ideológicamente en términos de igualdad, libertad, independencia del “imperio”, dignidad humana y otros valores socialistas, de una forma tal que resulta atractiva a los grupos sociales menos privilegiados, hasta ese momento marginados de los procesos de decisión de Venezuela. Habría que releer y volver a analizar los escritos, videos, documentos que la revolución chavista ha producido para determinar los numerosos cambios y ajustes que se han producido en los valores y la ideología resultante. Durante 14 años Venezuela fue básicamente un laboratorio con experimentos exitosos y fallidos. Hasta la Constitución parece un proyecto, a pesar de la defensa que de ella se hace constantemente, pues también hay quienes han querido modificarla o peor aún subestimarla, o interpretarla de diferentes maneras. Una cosa si parece cierta, el desarrollo de esta ideología socialista y su puesta en funcionamiento institucional sobrepasa en importancia lo pragmático, inmediato, o material como los temas de progreso económico o seguridad, como se puede observar con claridad en los lineamientos de la campaña electoral que condujo a la victoria de Chávez en las elecciones del 7 de octubre de 2012.

En un análisis rápido Chávez es casi como un ejemplo de libro de texto del liderazgo carismático según Weber, pero esto haría ver el fenómeno como extremadamente individualista y transitorio. De hecho creo que muchas personas lo ven así y piensan que con su fallecimiento, el carisma desaparece dando lugar a un espacio para el establecimiento de una nueva dinámica política y social. Sin embargo, creo que la respuesta a la pregunta formulada anteriormente yace en el aspecto comunicacional del liderazgo de Chávez. De esto se ha hablado constantemente, pero lo que hay que resaltar es que su objetivo era crear un nuevo orden social y simbólico en Venezuela, donde Chávez venía a ser la encarnación viva de los valores de la “patria socialista”. Así pues, la autoridad legalmente otorgada por el voto fue traspasada por el carisma que poseía Chávez para evocar símbolos, enunciar nuevos valores sociales y políticos, y crear nuevos mitos que se relacionan con la búsqueda de significación del pueblo venezolano. Pero esto va más allá de sus discursos, programas de televisión, expresiones espontáneas aquí y allá, cantos, chistes, llantos y otras demostraciones emotivas a las que nos acostumbró durante los últimos 14 años. Realmente sabremos si su liderazgo carismático fue efectivo si se cumple lo que Eisenstadt ha expresado de la siguiente manera:

La prueba de un gran líder carismático yace no en su habilidad para crear un evento o un movimiento, sino en su capacidad de dejar un impacto continuo a nivel estructural, al transformar las instituciones e infundir en ellas su visión carismática, invistiendo los aspectos regulares de la organización social con sus cualidades carismáticas y aura…[3]

PINTADAS CON EL ROSTRO DEL PRESIDENTE HUGO CHÁVEZ EN CARACASEsto quiere decir que  el proceso que sigue viene a ser de vital importancia en la vida nacional pues se trata, nada más y nada menos, que de la institucionalización del carisma de Chávez . La energía que hasta 2012 había sido gastada fundamentalmente  en desconstruir la democracia que se edificó en el período 1958-1998, ahora va a tener que ser invertida con una fuerza avasallante en la construcción y consolidación del nuevo orden político que hasta ahora, aunque avanzado por Chávez, todavía se percibe como incipiente. Para que esto sea posible, los símbolos transitorios tienen que hacerse permanentes y los aspectos provisionales de la rutinización del carisma o la institucionalización tienen que replantearse a través del grupo de seguidores comprometidos que ahora heredan la vinculación de Chávez con sus seguidores.


[1] Turner, S. (2003). Charisma reconsidered. Journal of Classical sociology. Vol 3(1):5-26.

[2] Hava, D. Y Kwok-bun, C. (2012). Charismatic leadership in Singapure: Three Extraordinary People. Springer Science+Business Media, pp. 13.

[3] Eisenstadt (1968), Max Weber: on charisma and institution building, citado por Hava y Kwok-bun (2012), Ibid.

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