Nos declaramos apóstoles

“Nos declaramos apóstoles de Hugo Chávez, los apóstoles de la causa del comandante Chávez y vamos a cuidar su legado porque vamos a cuidar a nuestro pueblo. Nos vamos a convertir en los protectores de los necesitados. El comandante fue el reivindicador de Bolívar e hizo que volviera a nosotros al despertar la conciencia del pueblo” (Nicolás Maduro, 2013)

Maduro-Hugo-Chavez

En la formulación de su teoría sobre el liderazgo carismático, Weber se detuvo en tratar de explicar el tema de la sucesión como un aspecto importante de esta clase de modelo de autoridad en sistemas sociales, políticos, religiosos y empresariales. Básicamente describió  seis formas básicas para la sucesión como: 1) La búsqueda de un nuevo líder con características semejantes, que posea cualidades similares y aún mejores; 2) Mediante revelación divina o de otra fclase que determina quién debe ser el nuevo líder; 3) Realizando la designación del sucesor a través de un cuerpo colegiado de líderes reconocidos por la comunidad, tipo cuerpo cardenalicio, politburó, o junta directiva; 4) Por herencia familiar, en cuyo caso las cualidades carismáticas reconocidas en el líder saliente pasan a un segundo plano, pues solo importa llenar el vacío que éste ha dejado por un miembro de su clan; 5) Usando un procedimiento ritualista o unción que permita traspasar el carisma al sucesor de forma sobrenatural o mágica; y, 6) Cuando es el mismo líder carismático es el que designa a su sucesor, pidiendo el reconocimiento de éste por todos.  Sin entrar en muchos detalles, resulta obvio que Chávez escogió la última metodología. Todavía están frescas sus palabras cuando en cadena nacional designaba a Nicolás Maduro como la persona indicada para sucederle :

“Si se presentara alguna circunstancia sobrevenida que a mí me inhabilite para continuar al frente de la Presidencia de la República … Nicolás Maduro no solo debe concluir el período, sino que mi opinión firme, plena, irrevocable, absoluta y total es que en ese escenario, que obligaría a convocar a elecciones presidenciales como lo manda la Constitución, ustedes elijan a Nicolás Maduro como Presidente de la República. Yo se los pido de corazón” (Hugo Chávez, 2012)

Así que en cierta forma una parte de la sucesión quedaba resuelta allí mismo, quedando en veremos la confirmación de la misma, mediante elecciones que le otorgarían a Maduro la autoridad legal necesaria. Ahora bien, lo que no queda claro allí es cuál es el rol que vendría a jugar Maduro en el nuevo esquema de cosas, qué tipo de liderazgo ejercería y cómo podría extender el carisma de Hugo Chávez e institucionalizarlo. A este aspecto es a lo  que Weber denominó la rutinización del carisma, dicho en otras palabras la misión que Maduro ha recibido es hacer que las características fuera de lo común del carisma de Hugo Chávez, se conviertan en algo más cotidiano, repetible, regulado, normado e institucionalizado. Pero éste es un proceso largo que ha penas ha comenzado, mientras tanto el sucesor necesita legitimarse frente al resto de los cuadros administrativos, civiles y militares, y ante la inmensidad de seguidores de Hugo Chávez.

En este sentido es posible hablar del nacimiento de un nuevo liderazgo en la persona de Nicolás Maduro cuya función es básicamente la de consolidar lo que ya inició Hugo Chávez. El asunto aquí es entender que, si bien es cierto, Chávez puede ser considerado como un individuo que desarrolló un liderazgo carismático basado en sus bastante inusuales cualidades, fascinantes para muchos como se ha podido comprobar, y sobre todo, gracias a su capacidad para conectar con el pueblo y atraerlo hacia su persona y su visión, la función de Maduro será mucho más “convencional, mundana o práctica”. Básicamente deberá liderar la creación o consolidación de los medios organizacionales para agrupar a los seguidores de Chávez y los planes que permitan realizar en forma práctica la visión que llevó tanto tiempo en definirse, pero que aún no está plenamente sistematizada. Alfonso Moleiro hacía una semblanza de Nicolás Maduro que parece confirmar estas ideas:

No habría decidido Hugo Chávez colocarlo donde está si no estuviera completamente seguro de sus atributos en esta delicada encomienda: un militante de la extrema izquierda de larga data; conocedor de los meandros del poder; consciente de lo que se puede y no se puede hacer en este tiempo histórico; con suficiente sentido común como para no adelantar jugadas y no irse de bruces… Estamos en presencia de un político con una enorme capacidad de trabajo, leal a su legado, que ha acumulado un enorme aprendizaje y ha aprendido a afilar sus uñas en su paso por el alto gobierno… Es un hombre pragmático… Queda claro que su objetivo supremo es continuar con la Revolución. 

Por eso no nos debe extrañar la declaración de Maduro que está al comienzo de este escrito. Claramente en su mente el es básicamente un apóstol de Hugo Chávez.  Es el nuevo sumo sacerdote que proclama su autoridad para crear una nueva tradición sagrada, basada en las enseñanzas que su profeta, Chávez, hacía en base a su visión del mundo y su carisma personal. Como él mismo lo ha dicho:  “A mí él me fue preparando sin que yo lo supiera en todos los temas: petrolero, financiero, internacional… “. Por lo tanto su tarea es convertirse en forjador de una nueva institucionalidad que represente el carisma de su mentor y maestro, es decir, un “chavismo con un Chávez institucional, simbólico, mitológico”, no ese supuesto “chavismo sin Chávez” del que se habla constantemente. No es la primera vez que ocurre este tipo de acoplamiento en la historia, en el cual el líder carismático de un movimiento social deja en manos de un sucesor la tarea de consolidarlo y extenderlo. Sin embargo, por ahora todo depende de las posibilidades de victoria en las venideras elecciones, las cuales a Dios gracias no serán a los cincuenta días del fallecimiento de Chávez, para así eludir nuevos simbolismos innecesarios.

Mientras tanto, el pragmatismo de Maduro le ha llevado a volcarse a la tarea, sin precedentes, de crear un mito y un culto de la persona y obra de Chávez. Esto en estos momentos quizás solo sirva para la obtención de los votos necesarios, pero nos revela una faceta de esa función sacerdotal que el sucesor debe ejercer en este tipo de cambios abruptos de liderazgo. Especialmente porque semejante simbolización y mitologización le sirve como altar de legitimación frente a los seguidores de la revolución. En una próxima entrega veremos algunas implicaciones de este proceso que raya en el surgimiento de una nueva idolatría y que en principio, debería entrar en conflicto con las creencias cristianas.

 

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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