El nuevo altar venezolano

Cuando estaba chamo y visitábamos Caracas, cada vez que se podía mi papá nos llevaba al cementerio General del Sur a limpiar la tumba de mi abuela Rosa y a ponerle flores. Algunas veces dábamos un paseo por el cementerio para ver los mausoleos y mi mamá que era muy cuentera nos hablaba de las personalidades que estaban allí sepultadas. De vez en cuando nos llegábamos hasta la tumba del Dr. José Gregorio Hernández y nos sorprendía la cantidad de gente que la visitaba y las placas y ofrendas que allí se encontraban. También nos echaba el cuento de una estudiante de derecho llamada “María Francia” que había sido picada por una culebra. Hacia esa tumba peregrinaban los estudiantes que buscaban salvar su año escolar y cuando lo lograban lanzaban sus cuadernos a la tumba como ofrenda. Todo esto contrastaba drásticamente con el catecismo católico que nos enseñaban en la escuela y nos mostraba una Venezuela con una espiritualidad que se distanciaba bastante de aquellos sacerdotes y monjas españoles de los colegios donde nos estábamos educando a principios de la década de los 60. La verdad que esos cuentos de mi mamá juntos con los de las ánimas en Puerto Cabello son un recuerdo imborrable en mi mente.

Con el pasar del tiempo, esas historias y curiosidades quedaron un poco en el olvido. Luego hacia el principio de los años noventa dentro de las iglesias cristianas donde nos congregábamos hubo un singular interés por caracterizar esas expresiones y rechazarlas por considerarlas paganas y contrarias a las enseñanzas de la Biblia. Yo mismo me dediqué por un buen tiempo a entender cómo habían surgido y cómo se propagaban. Con el correr del tiempo, de una forma u otra, todos estos cultos populares fueron puestos a un lado en mi pensamiento, pasándolos por alto, sin darme cuenta que ellos seguían desarrollándose, evolucionando y produciendo un caldo de cultivo fértil para nuevas expresiones de espiritualidad.

Sin embargo, desde diciembre, y especialmente durante todo este mes de marzo todas esas prácticas han resurgido públicamente de manera inusitada a raíz de la enfermedad y fallecimiento del presidente venezolano. De un momento a otro todas estas creencias han encontrado un foco y un motivo para reaparecer y fortalecerse. Pero no solo es eso lo sorprendente, sino que por razones políticas ellas han sido explotadas a favor de la revolución, especialmente para impulsar la candidatura de quien se supone sucedería a Hugo Chávez en la presidencia del país. Todo en condiciones tremendamente contradictorias en relación a las tendencias políticas socialistas que son, a mi entender, fundamentalmente materialistas y ateas.

De repente Chávez se ha convertido en un culto. Es un “tipo” de Cristo, ha dicho una de sus seguidoras, indidudablemente usando un lenguaje teológico de origen seguramente evangélico. Igualmente se entremezcla la Biblia con las palabras del comandante en afiches como el de un Chávez con la cruz en la mano que manda a sus camaradas a que “no teman ni desmayen” porque él estará con ellos, en clara alusión al texto de Josué 1:9, tan popular en círculos evangélicos y pentecostales. Sus ministros, muchos agnósticos confesos, han revelado que ahora entienden lo que sentían los discípulos después de la muerte de Cristo, así como lo que significa la resurrección, pues de la misma forma Chávez ha resucitado en sus corazones. La plana mayor del gobierno provisional han declarado ser los apóstoles del nuevo culto que comienza a entretejerse progresivamente. Nicolás Maduro ha actuado como el sumo sacerdote que necesita extender el carisma del desaparecido líder mediante las nuevas creencias y rituales, llegando a los extremos de plantear cosas inverosímiles como haber recibido tuits de ánimo por parte del fallecido presidente y su visita en forma de pájaro para bendecirlo al inicio de su campaña.

Algunos comentaristas han hablado de sus sorpresas ante estos hechos. Barrera Tyszka señalaba en un artículo del 17 de marzo que al Estado, que él lo califica de “eclesial”, solo le interesa la devoción llegando a considerar “cualquier mínima duda sobre la divinidad de Chávez…una ofensa, un sacrilegio”. Mucho más dramáticas y difíciles de tragar fueron las palabras de Fernando Mires quién analizaba el fenómeno diciendo que el mito de Chávez que se estaba construyendo básicamente venía a “llenar el vacío de Dios que a tantos atormenta”. Aunque reconocía que los seguidores del fallecido presidente veían reflejadas en éste todas sus virtudes y defectos, decía que los adoradores del naciente culto, en lugar de encontrarse con Dios, se estaban conformando con un búsqueda infructuosa que los llevaba realmente a un vacío. Lo cual a mi modo de ver, y usando las propias palabras de Jesús a la mujer samaritana en Juan 4, lo que conduce es a seguir bebiendo un sucédaneo, una mala imitación, y a seguir teniendo sed del agua de vida verdadera.

Una cosa son las apelaciones a lo mítico y lo divino por parte de los políticos, quienes ciertamente persiguen un fin muy pragmático como lo es ganar las elecciones del 14 de abril. Otra muy distinta es entender las características de la religiosidad del venezolano y sus necesidades espirituales. Cuando uno ve imágenes de una capilla denominada “Santo Hugo Chávez del 23” erigida como lugar sagrado de culto, lo que estamos presenciando es un comportamiento que se ha repetido en el pueblo venezolano desde hace siglos. Es que nuestra fe popular es muy elástica, se nutre de muchas creencias y le da espacio a nuevas expresiones constantemente. Que la jerarquía católica se moleste o que algunos cristianos evangélicos tildemos el comportamiento de idolatría y lo veamos como un influjo del reino de los demonios en las personas, es comprensible, pero no logra su objetivo de eliminar estas prácticas arraigadas en el pueblo venezolano.

capilla

Las creencias religiosas han estado presentes en Venezuela desde tiempos inmemoriales, asociadas a las tribus indígenas originarias que habitaban el país antes que llegaran los españoles, a la religión católico-romana, traida al país por los misioneros españoles, y a las religiones de origen africano que vinieron en el corazón de los esclavos al país. El proceso de conquista y colonización de Venezuela y las guerras independentistas venezolanas que se caracterizaron por ser las más largas de América Latina (casi veinte años, 1810-1830), produjeron una población marginada, con comunidades sumidas en el abandono o semi-abandono en todos los aspectos: político, social, económico y, especialmente, el religioso. Poco a poco esas comunidades comenzaron a desarrollar su propia forma de expresar y vivir sus creencias. La población comenzó a asumir responsabilidades espirituales sin ninguna formación teológica cristiana. Esta fue la oportunidad de desquitarse en parte de la opresión de la conquista y comenzar a incorporar aquellos rituales y expresiones guardados desde generaciones anteriores dentro de la espiritualidad cotidiana. En esa amalgama de creencias, la religión católica se constituyó en el sustrato a partir del cual se entretejerían las características de la religiosidad venezolana actual.

san hugo

Clarac de Briceño[1] señala que los grandes y sucesivos contrastes en la vida venezolana, llevaron a la formación de una población que perdió sus referencias culturales tradicionales. En otras palabras, sin un asidero real o firme en el aspecto espiritual, los débiles y marginados se vieron obligados a seguir desarrollando su propio sistema de creencias y de pensamiento religioso, conformando así la base espiritual del venezolano. Pollak-Eltz[2] describe este proceso de la siguiente manera:

La Iglesia Católica… ofrece sólo el contexto institucional dentro del cual se practica la religión popular… se sabe de Jesucristo, pero en la vida diaria la gente se ocupa especialmente de los “dioses menores”: los santos, las vírgenes, las ánimas. Estas prácticas se deben ver en el marco de la religión popular.

Un pueblo desposeido, ignorante, maltratado y enfermo requiere de creencias que suplan sus necesidades religiosas, recreacionales, emocionales, económicas, sociales y en materia de salud. Esto da pie a la amalgama, aleación o fusión, de ritos y creencias de origen indígena, africano, con influencias del espiritismo europeo y de prácticas esotéricas variadas, con la tradición cristiana católica y más recientemente la evangélica. Por ello encontramos en Venezuela un culto tanto a los santos “oficiales” del catolicismo, como a los llamados “muertos milagrosos” o santos “populares”. Si ya se adoraban santos populares que en vida habían sido personajes de alto rango militar, político o social, curanderos, personajes de vida ejemplar, hombres y mujeres comúnes sin mayor importancia, rebelde o guerrilleros, personas imaginarias, toreros, y hasta delincuentes, cómo no pensar que Hugo Chávez entraría por la puerta grande en el panteón de la espiritualidad popular venezolana. Por ahora su imagen está en un pequeño santuario en Monte Piedad en Caracas, los organizadores de la capilla justifican la misma pues el “dio su vida” por ellos y “llenó de felicidad a los más pobres”. La pregunta que resuena en la mente y el corazón de los cristianos es si esta agua que están bebiendo no seguirá produciendo sed espiritual en nuestro pueblo. O preferimos escuchar las palabras de Jesús a la mujer samaritana:

Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed; pero quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él o ella una fuente de agua que salte para vida eterna.


[1] Clarac de Briceño J. (2011) La Enfermedad como lenguaje en Venezuela. Caracas: Fundación editorial el perro y la rana. Pág. 99.

[2] Pollak-Eltz A. (1994) La Religiosidad popular en Venezuela, Editorial San Pablo, Caracas-Venezuela.

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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