¿Misión, Respetabilidad, Libertad o Poder?

El ocho de octubre de 2012, después de las elecciones presidenciales, por alguna razón que no atino a recordar, nos encontramos caminando por el centro de la capital mi esposa, mi hijo Daniel y un amigo. Para muchos quizás no era el momento apropiado, pues a lo mejor habrían muchos seguidores del ganador festejando ese día. Sin embargo, todo estaba quieto, sin tráfico, limpio y bastante seguro. Muchos negocios estaban cerrados, aunque habían algunos pequeños restaurantes abiertos. La caminata por El Calvario fue muy agradable, la verdad es que hacía añales que no paseaba por allí. Fue reconfortante especialmente reencontrarnos con la vista de una ciudad que a veces parece querer tragarnos. Pero sobre todo, mirar aquella metrópoli y poder soñar con un país unido y una Venezuela mejor.

En esas andanzas, cerca de la plaza Bolívar, por donde está la Cancillería, sentí la voz de alguien que me llamaba para saludarme.  No reconocí de inmediato a aquel hombre elegantemente vestido que se dirigía a mi, pero que ciertamente me llamaba por mi nombre. Así es que para no pasar pena puse a trabajar mi mente y a medida que se acercaba recordé a un predicador que había conocido hacía como 20 años atrás en nuestra iglesia de Los Teques. Después de ponernos al día con las preguntas de rigor, me dijo que se encontraba trabajando desde hacía algún tiempo en la sección de protocolo de la Cancillería, justo cuando Nicolás Maduro todavía ejercía como ministro de relaciones exteriores. De manera espontánea, sin que yo indagase o mostrara sorpresa por su nueva vocación, me planteó tajantemente la razón por la cual estaba trabajando allí: – Es que hay demasiados santeros en el gobierno y los cristianos tenemos que testificar de Cristo en esos lugares. Me lo dijo con la convicción de que yo entendería su decisión personal, independientemente de que pensase que él era un miembro del partido de gobierno o no. Con aquella sola frase “cristiana” justificaba su incursión en un cargo político, dentro de un gobierno que solo admite como empleados a quienes profesan la ideología socialista.

El hermano evangelista lo que hizo fue añadir, a mi ya confusa mente, nuevos dilemas respecto a cómo es que se había producido ese acercamiento entre evangélicos y gobierno a lo largo de los últimos 14 años. Pero las cavilaciones no se quedaron tranquilas pues apenas dos meses después vino el anuncio por parte del presidente de su inminente intervención quirúrgica en La Habana, seguido de todo el proceso subsiguiente que desencadenó en su fallecimiento y posteriores actos funerarios, religiosos y políticos, los cuales se pegaron con una campaña electoral tipo fast-track en la que estamos sumidos desde hace 10 días. Mucha gente ha quedado sorprendida con el énfasis religioso puesto en todos estos eventos, ya en una entradas anteriores a este blog quise describir algunas de estas cosas desde el ángulo de la religiosidad o catolicismo popular, que tiene una dinámica un poco diferente de lo que las jerarquías católicas quisieran imprimirle a su fe. Observamos con sorpresa los íconos, las capillas, los símbolos que el pueblo ha usado, los símbolos propuestos por el candidato a la presidencia, y sobre todo el lenguaje, tratando de explicar estas cosas como elementos necesarios en la imperiosa necesidad del sucesor de dirigir la rutinización del carisma de Hugo Chávez. Sin embargo, lo que tal vez no resulta tan evidente  a primera vista son algunos elementos en el discurso, en los mensajes, en las actitudes y hasta en la valoración de la figura de Hugo Chávez y su tiempo, que son de claro origen evangélico y sobre todo pentecostal. Aunque mi razonamiento parezca extraño, lo que estoy tratando de decir es que hay también una notable contribución de los evangélicos venezolanos en toda esa simbología que se pretende para la creación del mito de Hugo Chávez. Quiere decir entonces que en el proceso revolucionario los evangélicos han sido participantes indispensables e importantes, lo que contradice radicalmente lo que aconteció en otras épocas políticas del acontecer nacional. ¿Cómo se llegó a eso? Tal vez el asunto no sea tan fácil de descifrar y se me complica aún más porque también la oposición comienza a darse cuenta de esto y a tratar de acercarse a la iglesia evangélica, cuyo punto culminante ha sido la participación del cantante Ricardo Montaner en una de las concentraciones masivas de su candidato, en la cual dirigió una serie de oraciones colectivas al más puro estilo de un templo pentecostal. Es por ello que me gustaría atreverme a intentar alguna clase de explicación.

Las iglesias evangélicas fueron ignoradas de la escena política y social del país durante buena parte del siglo XX. Aún en días recientes, al ver los noticieros de televisión o leer sobre el cónclave para la elección papal, así como escuchar a algunos sociólogos considerados “expertos” sobre el tema, me sorprendió que la terminología aún preferida para denominarlas es la de “sectas”, no la de “iglesias”. Semejante subestimación, incluso por académicos que no están sujetos a la jerarquía eclesiástica católica, pasa por alto el hecho de que algunos grupos evangélicos tienen presencia en América Latina desde hace ya más de 100 años, han desarrollado bases teológicas propias y su crecimiento, que preocupa tanto al Vaticano, es simplemente el resultado de un accionar sostenido a lo largo de mucho tiempo, en medio de situaciones bastante adversas. Entre otras cosas, batallando contra el mismo descreimiento de la sociedad que enfrenta la iglesia católica. No es de extrañar entonces que como consecuencia de esa valoración de la religión dominante, políticamente hablando, la presencia evangélica fue ignorada sistemáticamente por los partidos y los gobiernos. En fin, según la jerarquía católica, no eran más que unos grupúsculos ignorantes que pronto serían erradicados con nuevos planes de evangelización y su influencia en la sociedad era casi despreciable.

Sin entrar en muchos detalles, sin valorar el tono, la teología, el mensaje o afirmaciones del pastor que tuvo la oportunidad de predicar en el funeral de Hugo Chávez el día 8 de marzo, se puede decir que algo así nunca hubiese ocurrido en tiempos de la así llamada Cuarta República. Es indudable que en esta delicada relación entre religión y política ha surgido en Venezuela un nuevo e importante actor.

Hoy por hoy, entrada la segunda década del siglo XXI, las iglesias evangélicas se han extendido tanto, que en algunos países latinoamericanos agrupan entre el 30 y el 50% de la población. Además, modificaron sus estilos, enseñanzas, estética y valores para irse adecuando a poblaciones de grandes urbes, aunque a veces esos cambios se consideran contradictorios. Por ello, no han faltado sagaces líderes políticos que hayan buscado la manera de incorporarlas a sus proyectos y programas. Pero la pregunta que yo me hago es más bien, qué es lo que está en la mente de un evangélico o pentecostal venezolano cuando decide involucrarse activamente en la arena política.

Hay algo que tengo en mi memoria del comienzo de los años sesenta. Por esos tiempos tendría entre 9 y 11 años, pero recuerdo que mi papá a veces me dejaba en casa de mi abuelo Fernando para pasar el día o la tarde. La verdad es que no habían muchas cosas que hacer allí. A veces ver al abuelo tejer chinchorros, jugar un poco en las matas de limón y guayaba del patio, pero cuando eso terminaba y el abuelo se iba a dormir su siesta, me quedaba solo deambulando por la casita. Me llamaban la atención los versículos bíblicos en las paredes. Después aprendí que era un mandato del Antiguo Testamento en Deuteronomio 6:9. Me los leía todos mientras caminaba de la entrada de la casa hasta el patio. Pero cuando llegaba al final del salón, había un escudo que en aquellos tiempos no sabía qué significaba. No era nada bíblico sino algo más mundano y concreto. Unos años después, el 19 de enero de 1965 fui con mi papá a contarle a mi abuelo, ya en su lecho de muerte, que Carlos “Morocho” Hernández había ganado el primer campeonato mundial de boxeo. Allí a mis casi doce años, al escuchar conversar a mi papá y mis tíos, entendí con claridad que mi abuelo amaba tres cosas en la vida, la Biblia, Acción Democrática y el boxeo. Obviamente aquel emblema que me había intrigado siempre no era más que el escudo de Acción Democrática, el partido en el que militaba mi abuelo.

Pasados unos cuantos años al principio de la década de los ochenta fue cuándo me pregunté por primera vez el por qué de la filiación política de mi abuelo en relación con sus creencias religiosas. Nunca me había imaginado, ni me habían contado (en la familia no se hablaba de eso), que los evangélicos habían sido perseguidos en nuestro país. Mi abuelo fue uno de esos primeros conversos al final de los años 1920 y comienzos de la siguiente década. Junto con misioneros que vinieron de Europa y luego de los Estados Unidos fundaron la primera iglesia evangélica en Tovar (Edo. Mérida). Pero la jerarquía católica estaba disgustada con esos avances y usó diversos medios para disuadir la predicación. Uno de los problemas que mi abuelo confrontó fue la falta de trabajo por causa de su fe y eso mantuvo a su familia sumida en la pobreza. Sin embargo, los grupos evangélicos siguieron avanzando y todavía, en el comienzo de la década de los 60, se percibía en el ambiente una renuencia a aceptarlos. La libertad de cultos de la que se hablaba en el país no era más que mero espejismo. Todavía en el comienzo de los años sesenta mi abuelo se aferraba a Acción Democrática como la única posibilidad de llevar adelante un gobierno verdaderamente secular, sin intervención de la iglesia católica. Así que durante mucho tiempo esta cruzada fue parte vital de las iglesias evangélicas y pentecostales en el país. La esperanza de una nueva constitución que pudiera garantizar esa libertad fundamental hizo que muchos grupos favorecieran en sus comienzos los programas propuestos por Hugo Chávez, especialmente su idea de una Asamblea Constituyente, tratando de acercarse a su gobierno.

De los años sesenta hasta 1998 es un trayecto de más de treinta años en el cual las iglesias evangélicas también sufrieron transformaciones notorias. Tal vez aquellos grupos un poco fundamentalistas en los que empezó mi abuelo se habían tornado un más liberales. Otros habían adoptado un quehacer teológico más cercano a la teología de la liberación y por ende más político. Incluso otros habían preferido optar por una experiencia espiritual más profunda y se hicieron más carismáticos. El movimiento pentecostal que ya llevaba más de 70 años de desarrollo en Venezuela y quizás casi 90 en el resto del mundo, con un crecimiento vertiginoso en zonas urbanas, especialmente entre los más pobres, también había sufrido grandes transformaciones y ya en esos tiempos del inicio del gobierno de Chávez se hablaba de un neo-pentecostalismo que de paso tenía una multiplicidad de manifestaciones.

Quizás una de las influencias más importantes sobre las iglesias evangélicas había ocurrido entre 1970 y 1990 mediante un movimiento que se denominó iglecrecimiento en el cual se hizo un énfasis organizacional modernista, muy influenciado por técnicas de marketing de la época y que se pueden percibir de forma más depurada en el libro del pastor californiano Rich Warren, La iglesia con propósito (1995). Técnicas que llevaban al surgimiento de iglesias grandes o megaiglesias (digamos con membresía fija superior a las 1000 personas)  donde previamente lo que habían eran pequeñas comunidades como las que fundó mi abuelo que funcionaban en redes y se ayudaban las unas a las otras. No quisiera extenderme mucho en las implicaciones de este cambio paradigmático, solo que en 1998 habían en Venezuela pocas megaiglesias pero si muchos pastores que funcionaban con esa mentalidad, pues uno de los énfasis del iglecrecimiento está en el surgimiento de un líder emprendedor y visionario que impulse a la organización religiosas a través de su ciclo de vida. Esto ha dado lugar a algunas variantes teológicas que le dan una fuerza particular a esas personalidades no solo al interior de sus organizaciones, que los reconocen incluso como apóstoles dentro de una nueva jerarquía eclesiástica, sino hacia fuera de ellas, especialmente en las esferas de poder, donde se supone que ellos ejercen influencia espiritual. Así que aquella vetusta idea de los evangélicos de lograr simplemente la libertad de cultos y mantener la creencia de la separación entre la iglesia y el estado, va a ser traspasada por esta nueva visión en la cual se busca influenciar, penetrar, establecer principios y por qué no, dominar. Cosas que sin duda justifican la asociación con el poder.

No quisiera hacer este escrito más largo de lo que ya es. Tal vez en los subsiguientes deba explicar mejor algunas cosas, pero creo que he esbozado someramente las razones por las que una buena cantidad de los evangélicos y pentecostales han abrazado con fervor las filas de la revolución (habría que determinar qué porcentaje con un estudio serio, pero más importante aún es saber qué porcentaje de la población nacional son evangélicos). Quizás podría resumir de la siguiente manera:  1) Como grupos marginados que fueron, al ser tomadas en cuenta por el gobierno, las iglesias evangélicas adquieren una respetabilidad y aceptación que nunca tuvieron y por ello aprecian al gobierno que las incluye en sus planes, 2) La apertura de puertas para participar en la vida pública es vista por muchos como un nuevo campo misionero, no importa que ello implique asociarse con el partido de gobierno, 3) La posibilidad de lograr la meta de la verdadera libertad de cultos lleva a tolerar hasta cierto punto las políticas gubernamentales y a veces a participar en ellas, a cambio de la promoción y defensa de esa libertad fundamental, 4) Para algunos representa un acceso a las esferas de poder político, algo sin precedentes en la historia las congregaciones evangélicas del país, que se compararía con el poder que mantuvo la iglesia católica durante los 40 años previos al inicio del gobierno chavista, y 5) Quizás para un grupo de evangélicos, hay razones teológicas que los llevan a considerarse como una opción para los pobres y por lo tanto ven con buenos ojos asociarse con un gobierno que ha puesto sobre el tapete el tema de la pobreza.

Sin embargo, todo esto tiene sus tonalidades y por ello habrá que seguir conversando un poco más.

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