La Ley de Murphy y las elecciones venezolanas

Creo que nunca olvidaré el salón de tesistas del laboratorio de Electrónica de la Universidad Simón Bolívar. Por lo menos durante más de 10 años en la puerta de entrada de aquél laboratorio había un aviso que decía “¡Fuera Murphy!”. Una especie de exorcismo para espantar los espíritus que hacían fallar a los prototipos que los muchachos y muchachas diseñaban y construían en aquellos tiempos. Los estudiantes simplemente hacían alusión a un viejo adagio ingenieril hoy en día archiconocido y bastante elaborado con corolarios y postulados adicionales, mejor conocido como la Ley de Murphy, y que reza en mi traducción libre:

 Si algo puede salir mal, ciertamente lo hará…

Supuestamente la frase se le atribuye a un ingeniero de la fuerza aérea norteamericana llamado Edward Murphy quien dirigía un proyecto de instrumentación electrónica y se encontraba preocupado por la cantidad de imprevistos que encontraba a lo largo del trabajo, incluyendo fallas humanas como la conexión incorrecta de los terminales de un sistema de medición por parte de uno de sus técnicos. La frase fue escrita como una ley que de manera informal se coló en el lenguaje de los ingenieros como un antídoto contra el orgullo, pues ella no es más que un recordatorio de que las cosas que diseñamos siempre pueden fallar por una u otra causa. Aunque los ingenieros hacemos bromas acerca del origen de las fallas, bien sea en la electrónica, los dispositivos mecánicos o la programación, la ley de Murphy se originó a partir del pensamiento de que una de las principales fuentes de error, quizás la más importante, proviene de los mismos seres humanos que operan los sistemas que los ingenieros diseñamos. Se dice que fue esa la primera observación de Murphy refiriéndose a los errores cometidos por sus colaboradores: “si hay más de una manera de hacer algo, y una de ellas conduce al desastre, esa es la que finalmente se escogerá”.  De allí que surgieran otras leyes vinculadas con la de Murphy, como la de Gilb, que de manera sarcástica expresa estos mismos conceptos:

  • Los sistemas de computadores son poco fiables, pero los seres humanos lo son aún menos.
  • Cualquier sistema que dependa de la confiabilidad de los seres humanos es por definición poco confiable.

Todo esto viene a mi mente pues en los días previos y posteriores a las elecciones se esgrimían expresiones acerca del sistema electoral venezolano que rayaban hasta en la soberbia, tales como: “Inviolable”, “Invulnerable, inviolable e inquebrantable”,  o “perfecto”. Es más, la misma rectora del CNE expresó estas palabras el día lunes 15 de abril:

“(el sistema electoral) No es una máquina con voluntad propia, ni un algoritmo que trabaja por su cuenta. Somos personas quienes organizamos las elecciones, quienes garantizamos el voto, quienes mostramos y organizamos el perfecto funcionamiento de un sistema electoral a la altura de una democracia”

Y ella está en lo cierto, el sistema electoral se basa en una serie de procesos o flujos (workflows), creados por diseñadores humanos y obviamente sujetos a errores, que deben seguirse paso a paso. Básicamente es una combinación de acciones humanas y de intervenciones basadas en la tecnología que también están sujetas a la posibilidad de fallas (ver el gráfico).

voto

Previendo la inevitabilidad de la Ley de Murphy (o de Gilb), los diseñadores de los equipos (algunos de ellos se formaron en aquél salón de tesistas de la USB)  y los arquitectos de estos procesos han buscado la manera de establecer rigurosos métodos de seguridad como la redundancia, la tolerancia a fallos, el uso de claves compartidas, aleatoriedad en las estructuras, el uso de algoritmos criptográficos y otros métodos. Todo ello da un buen nivel de tranquilidad para los usuarios del sistema, pero nunca será 100% perfecto. Todo aquél que ha diseñado sistemas de medición sabe que habrá un margen de error, por muy pequeño que sea (algo que no parece estar muy bien definido tampoco). Sin embargo, como bien lo expresó la rectora, son muchas personas las que participan en el sistema y por la tanto allí es donde radica su principal vulnerabilidad, amén de que las computadoras, sus programas y sus interconexiones están siempre sujetas a la posibilidad de fallos. Esto sin tomar en cuenta los procesos concurrentes que se desarrollan, antes, durante y después de las elecciones, algunos de los cuales añaden ruido (no necesariamente el de las motos) e interfieren con un sistema que sólo ha sido auditado en un laboratorio impecable. Sin embargo, creo que a pesar de ello es difícil aceptar otra de estas leyes implacables: Todos los procesos reales tienen errores, hasta que se pruebe lo contrario, lo cual es imposible.

Pero aceptar la posibilidad de la imperfección es políticamente incorrecto en la Venezuela que vivimos. Es casi como cometer un sacrilegio contra otra de esas figuras idolátricas que se han ido construyendo en nuestro país en estos últimos años.

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Acerca de famorac

Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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