Caminando sobre el agua

Mateo 14:22-33

 El leccionario presenta para este domingo un pasaje muy conocido que se encuentra en los cuatro evangelios. Básicamente es una continuación de los eventos que vienen ocurriendo y que han tenido su climax con la alimentación de 20000 o más personas con solo cinco panes y dos peces de provisión. La narración de ese evento ha culminado sin ninguna exaltación de Jesús, ninguna frase de admiración ni de la multitud, ni de los discípulos. En realidad, parece que Jesús así lo quería pues, aunque el oró sobre lo poco que se disponía para alimentar a tanta gente, son los discípulos, y me imagino que muchos voluntarios de entre la multitud, los que terminan repartiendo la comida y, seguramente, los que reciben las palabras y gestos de agradecimiento de aquellos reunidos en aquel lugar.

Ahora bien, el objetivo de Jesús era llegar a algún lugar solitario para poder meditar a solas sobre las frustraciones de los días previos. El maltrato recibido en Nazaret, su pueblo, que dio como resultado que pocas sanidades y milagros ocurrieran allí. Seguido del dolor provocado por el asesinato de Juan Bautista por orden de un Herodes instigado por su hijastra. Por lo tanto, Jesús ordena a sus discípulos a “pasar a la otra orilla” y él “subió a la montaña” para, por fin, tener su tiempo a solas. Pongo las dos expresiones entre comillas pues ellas han ido quedando conmigo después de años de leer estos pasajes y las mismas han tenido un impacto en mi vida en determinados momentos.

Cruzar el mar de Galilea era algo que quizás Jesús hizo con sus discípulos montones de veces, así que dicha orden no era nada extraño, excepto que en algunas ocasiones, en los relatos, se trata de cambios radicales de rumbo, como por ejemplo llegar a un sitio pagano como Genesaret, donde no se sabía muy bien con quiénes se habrían de encontrar. Así que ese cambio de rumbo simboliza la búsqueda de otros destinos misionales, salir de la rutina actual y adentrarse en una nueva aventura espiritual con nuevos actores.

Subir a una montaña parecía ser parte de las disciplinas de Jesús. Fueron varios los picos que coronó, solo o acompañado de sus seguidores. Quienes gustan del montañismo saben que subir cerros y escalar picos es una forma de espiritualidad. Cuando uno llega al tope solo hay palabras de agradecimiento por la majestuosidad del paisaje y por la vitalidad que permite llegar a esas alturas. Además es un lugar privilegiado para interceder por otros. Es la sensación que provoca al ver a Caracas desde el Ávila, sentir las vibraciones de la temible y complicada ciudad abajo y de alguna manera el contacto con Dios que se establece en medio de la soledad, el silencio y la oración.

Desde las alturas Jesús observa que el viento sopla en el lago en dirección contraria y que los discípulos están teniendo graves dificultades para “pasar a la otra orilla”. El cambio de rumbo no viene con facilidad. Me imagino lo laborioso que resulta mantener en la dirección correcta a un velero cuando el viento es desfavorable. Obviamente dependerá de las habilidades de los navegantes, pues tendrán que zigzaguear tratando de mover las velas para conseguir que el viento entre de medio lado y logre impulsar el bote hacia delante. Y he aquí una de las máximas de la navegación a vela: “no es la dirección del viento la que determina la dirección del barco, sino la posición de las velas”. En otras palabras, quizás hayamos decidido “pasar a la otra orilla”, algo que al principio parecía fácil, pero que ahora enfrentamos con dificultad pues las situaciones de la vida vienen contra nosotros, entonces no queda otro remedio sino maniobrar las velas y captar las pequeñas oportunidades que se nos abren para poder ir avanzando aunque sea lentamente.

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Dejar un lugar o un estilo de vida para cambiar a otra forma de vivir, de trabajar de ser cristiano/a, esposo/a, persona, ciudadano/a, puede lograrse a pesar de los vientos en contra, de la oposición, de las penurias y dificultades, incluso, a pesar de nosotros mismos, de nuestra propia falta de fe y de nuestras dudas. En todo caso, Jesús está desde lo alto del monte viendo nuestros esfuerzos mientras manipulamos las velas y conseguimos mover el bote de un lado al otro para que se pueda llegar a puerto seguro en el otro lado.

Según este pasaje, Jesús no se queda solo mirando sino que se acerca a la barca de una manera poco usual, “caminando sobre el lago” (Mateo 10:25). Tan sorprendente es aquella imagen que lo que provoca en los discípulos como respuesta es el miedo, pues quedan completamente aterrorizados. En un pasaje similar, cuando se presenta la gran tormenta, Jesús está dentro del bote durmiendo y los discípulos corren a despertarle. En este caso el está en lo alto del monte y de allí observa lo que acontece en el lago y él mismo decide acercarse a la barca. ¿Pudiera ser que la manifestación de Dios en un momento difícil de nuestras vidas nos atemorice? Quizás lo que puede pasar es que no la reconozcamos, que la confundamos con otra cosa. En el fragor de tratar de enderezar las velas de nuestras barcas, muchas veces no pensamos que Dios se puede hacer presente. Nuestra oración es débil, nuestra fe flaquea, el destino parece alejarse y nuestro trabajo no vale mucho. Sin embargo, Dios está a nuestro lado y ¡lo que pensamos es que es un fantasma!

Me puedo identificar con los discípulos pues, cuántas veces he tenido que recapacitar para poder reconocer a Dios actuando en mi propia vida. En medio de situaciones comprometidas, de relaciones absurdas, de conflictos innecesarios, de fracasos económicos, de enfermedades y quebrantos, momentos en los que batallaba con mis destrezas, mis conocimientos, mis habilidades, y aún a pesar de ello no lograba avanzar, la sensación de impotencia, frustración y sobre todo de desamparo crecía dentro de mi. Sin embargo, lo que no me daba cuenta era que Dios estaba allí a mi lado, acompañándome, fortaleciéndome, animándome a seguir adelante.

“Anímense¨ dice una versión de la Biblia, “cálmense” dice otra, “tened ánimo” dice una más antigua, “tengan coraje” parafrasea un escritor. En todo caso son palabras que vienen de Jesús. Sin embargo, no lo reconocemos, su voz suena familiar, pero preferimos el beneficio de la duda. Necesitamos pruebas. Actuamos como Pedro, “si eres tú”, debes hacer algo más extraordinario que simplemente caminar al lado del barco y animarnos con tus palabras. Las palabras de Pedro casi suenan como las del tentador en el desierto: “si eres.. entonces haz…”.

caminaPedro lo que se le ocurre como demostración es caminar sobre el agua batida por el recio viento en contra, igual que como la hecho Jesús. Quiere vencer las leyes de la física, los principios de flotación y mover sus pies con agilidad sobre el agua. Algo en lo que Red Bull se gastó unos milloncitos de dólares en un proyecto que titularon “caminando sobre el agua” y en el que lograron que el kite surfista polaco Maciek Kozerski, después de cuatro días y 50 intentos, lograra correr unos segundos sobre el agua. El tiempo suficiente para una foto publicitaria. Pero para ello debía elevarse con el kite, alcanzar una alta velocidad, soltar la tabla y aprovechando la inercia correr sobre el agua algunos metros. Eso sí, las condiciones de viento y de corrientes debías ser tales que permitieran la maniobra. Nada que ver con la petición de Pedro aquella noche en el mar de Galilea.

A veces, en medio de esas tribulaciones y dificultades en las que estamos, escuchamos tenuemente la voz de Dios, y de repente hacemos peticiones extravagantes, absurdas, innecesarias. Pedro podía haber pedido un empujoncito a la barca, un cambio de dirección del viento, o que cesara como mínimo, o una vela más grande. No, él quiere vencer a la naturaleza, enfrente de los otros discípulos, tal vez hacerse famoso como Maciek por ser el primer galileo en caminar sobre el agua. Lo increíble es que Jesús accede.

Sin embargo, lo que empezó bien, con uno o dos pasitos sobre la superficie del agua, termina con un grito de “Sálvame”. Jesús extiende su mano y lo saca del agua. Como que el miedo volvió a hacer de las suyas y minó la fe de Pedro. Aunque prefiero pensar que Jesús sabía que se iba a hundir y ya estaba preparado para ayudarle. Recuerdo mi primer intento de caminar en el agua, debo haber tenido unos tres años y todavía recuerdo el incidente, o quizás fue las tantas veces que le pedía mi mamá que me lo contara, lo que hizo que se mantuviera vivo en mi cabeza. Corría detrás de mi primo Toñito por la orilla de la laguna de los patos, en el parque Agustín Codazzi en La Encrucijada. Sin darme cuenta comencé a perseguir a uno de esos patos corriendo sobre el agua, pero sin suerte pues a los pocos segundos estaba ahogándome. Mi recuerdo más vívido es el de mi papá y otro amigo rescatándome, sacándome el agua que había tragado y un poco de aire para mis pulmones. Después de eso más nunca lo volví a intentar, ni sobre skies o tablas de surfing, pero lo que si hice fue aprender a nadar muy bien.

Quizás la falta de fe a la que Jesús le hacía referencia a Pedro era el hecho de que necesitara una prueba de que era él quien caminaba junto al bote. La duda de que se trataba de Jesús quien les acompañaba en su lucha contra el viento desfavorable. Pienso que aquí está el centro de la enseñanza del pasaje. Saber, estar conscientes, creer que Jesús anda a nuestro lado y que no debemos confundirlo, ni que necesitamos pedir pruebas de que se trata de él. Es la confianza plena en Dios, la seguridad de su presencia en nuestras vidas, en todo tiempo, lugar y circunstancia. ¿Para que pedir milagros absurdos o extravagantes que comprueben que se trata de él?

16_Lorenzo_Veneziano,_Christ_Rescuing_Peter_from_Drowning._1370_Staatliche_Museen,_Berlin.

Al final, el viento en contra amainó. No dice que Jesús lo detuvo, parece que fue algo espontáneo, natural. La barca podía ahora ser conducida a su destino bajo mejores condiciones. Sin embargo, la presencia de Jesús frente a los discípulos les hace arrancar las palabras que no pudieron expresar los días previos cuando el milagro fue extraordinario y se pudo alimentar a tanta gente: “ciertamente eres hijo de Dios” (Mateo 14:32)

 

 

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Motivado por la misión de la comunidad cristiana en el mundo contemporáneo.
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