Atrevida

La gran fiesta estaba en pleno apogeo. Copas, vinos finos, quesos importados, caviar. Invitados que vestían finos trajes diseñados por los mejores sastres y modistos. Hombres cuyas miradas de cazador se movían en busca de presas para la noche, o para recrear la posibilidad mental de poseer a una mujer que no fuera su esposa. Mujeres que coqueteaban o esperaban ser cortejadas. Otros hablaban de sus logros económicos y políticos, o planeaban sus próximas movidas en los negocios. El tecladista cual hombre orquesta, con su parafernalia electrónica revivía casi a la perfección las canciones del momento.

Todo se veía muy bien. Todo había sido preparado para impresionar a los demás, pero en especial a aquel invitado particular. Ese nuevo profeta que atraía multitudes y del cual todos comentaban. De quien se decía que parecía un mago con sus manos y que cautivaba con sus palabras, hablando con una gran autoridad. Con un pequeño esfuerzo podría, sin duda, ser el próximo presidente, el conductor de una revolución. Una persona que valía la pena contar entre los amigos a la hora de pensar en el futuro de los negocios y las aspiraciones políticas. La mesa estaba servida para la adulación, las componendas, la hipocresía. Los invitados se agolpaban para ocupar los mejores puestos y acercarse al invitado que perfila como un futuro jefe de estado.

De repente, hay un estruendo. Voces se oyen. Susurros, comidillas, miradas furtivas. Alguien completamente inesperada, o más bien, indeseada, ha hecho su aparición. Como es costumbre en estas esferas, las primeras en escandalizarse son algunas mujeres que reconocen claramente a la rival, la “otra”, la “sustituta”, la “barragana”. Por su parte algunos caballeros voltean la mirada para no ser descubiertos, pues ellos también la han poseído o la han deseado locamente. Otras, esposas o no, han aprovechado su diestra sensualidad y en oportunidades también le han telefoneado para conseguir de ella algo de “intimidad” o una simple noche de caricias desenfadadas.

Pero aquella figura, en otras épocas imponente y atractiva, luce un tanto desgarbada, su físico revela el efecto de las innumerables noches de farra, de las pasiones desmedidas, y del peso de las intrigas resultantes. Sin embargo, su estudiada clase aprendida en internados religiosos, la cultura adquirida en viajes, y el abolengo familiar, que le da acceso a fiestas como éstas, le son todavía evidentes.

¿Qué se propone? ¿Será venganza? ¿Querrá ridiculizar a alguno de esos hombres o mujeres que se pavonean con aires de moralidad? Por el contrario, tomó la decisión de acercarse a aquella fiesta porque necesitaba amar y ser amada. Estaba cansada del impersonal apareamiento que su profesión le imponía practicar. Se sentía impura, frágil, desprotegida, huérfana. No tenía quien la protegiera. Sola en el mundo, se dio cuenta que le era fácil vender su cuerpo para subsistir. Había sobrevivido a una dura “profesión” donde los ratos de aparente alegría eran seguidos de llanto y deseos de morir.

En sus andanzas le habían hablado de aquel profeta compasivo y lleno de gracia. Un hombre que parecía tratar a las mujeres con un extraño y desinteresado amor. De quien se decía que había salvado a una mujer adúltera que iba a ser asesinada. Que se preocupaba por los despreciados como ella, por los que estaban excluidos en los márgenes de la sociedad y que cada día eran empujados más y más hacia fuera por el peso de la religión, los malos gobiernos y la economía injusta. Aunque no le conocía, solo había oído hablar de él, razonó para sus adentros: “alguien así merece un homenaje especial, el mejor regalo, una ofrenda de lo más caro de mis posesiones, algo muy valioso de mis pertenencias”. Tomando consigo un frasco de perfume finísimo, producto de su pesado trabajo, fue a buscarle en esa fiesta de sociedad a donde había sido invitado.

La mujer, cruza el salón, sortea los obstáculos, los mesoneros, aquel mar de invitados con caras de jueces. Su mirada está fija en el profeta. Pero el pálpito que se avalancha en su corazón no se parece en nada al que producía la búsqueda de aquella intimidad falsa, efímera y a posteriori dolorosa. Búsqueda que había marcado su vida desde que, muy temprano en su existencia, las manos entrenadas de su tío habían jugado con las regiones escondidas de su cuerpo. A partir de allí, su vida quedó signada por lo sensual, lo erótico, los placeres, el amor fácil, la infidelidad. Había intentado el matrimonio, pero cómo solo conocía una forma de acallar sus dolores, cada vez que había una crisis terminaba en los brazos de otro. Su fama de “fácil” era bien conocida en los medios en los que se desenvolvía. Era aborrecida, pero al mismo tiempo deseada y el objeto de los más viles sueños y fantasías.

De repente, su mirada se cruza con el profeta. Ella solo tiene sus lágrimas, sus cabellos y el extracto francés carísimo que reservaba para las “noches especiales”. Y aquella lo era. Sabía en su interior que su vida distorsionada terminaría allí. Deseaba cambiar desde hace tiempo. Pero cuando lo intentaba, alguien despertaba de nuevo la pasión y el deseo. Sin embargo, la mirada del profeta era diferente, pura, completamente llena de empatía y misericordia. Era claro que el profeta entendía a las de su clase. Más adelante llegaría a saber que en su árbol genealógico hubo varias así, y que él mismo había sido tildado de bastardo. Entre los más humildes, criaturas rechazadas y grandemente necesitadas, se corría la voz de que tenía una capacidad especial para entender su dolor, su angustia.

Mientras tanto, solo el profeta parecía darse cuenta de la desnudez emocional de aquella mujer escondida tras el sensual y costoso vestuario que llevaba, que seguro le habría permitido obtener cuantos favores quisiese aquella noche. En aquel momento ella solo tenía un objetivo, sabía que ésa era su oportunidad.

Sin reparar en la gente que la rodeaba, vino en carrera y se postró a sus pies. Sin pronunciar palabras, vio que estaban sucios, y que sus lágrimas comenzaban a lavar el polvo del camino. No cesó. Siguió lavando con lágrimas los pies de aquel hombre, se los secó con los largos cabellos que la caracterizaban, se los besó una y otra vez, derramando el carísimo perfume sobre el profeta. Amando mucho ofrendaba por primera vez en su existencia un cariño verdaderamente puro.

Él no se lo prohibió. Ella entregaba la poca honra de su cuerpo para limpiar las sucias extremidades del cuerpo del profeta. Lo interesante del caso es que no se apuraba. Había olvidado al anfitrión, a los otros invitados, los mesoneros, la música. Se había despojado por un momento de su condición de pecadora, no pretendía recibir nada, solo quería dar, y dar mucho.

En medio del barullo de los comentarios, de la indignación de los invitados, de las risas de los mesoneros, de la sorpresa de todos. Su vida, sus traumas, sus dolores, sus relaciones pasaban por su mente. Pero la sensación era diferente. No había acusación. No había vergüenza. Un anhelo de pureza la invadía, una voluntad de rehacer los caminos torcidos de su vida. Se sorprende que no sentía manos masculinas que se moviesen sensualmente sobre su cuerpo, ni palabras retorcidas o insinuantes, ni apretones eróticos, solo las frases llenas de misericordia y compasión que había anhelado escuchar por tantos años: tus pecados te son perdonados, vete ahora en paz.

Mientras tanto, el anfitrión y los invitados veían el acto con desprecio. No podían entender cómo era posible que su invitado se dejara tocar de aquella mujer ampliamente conocida por todos en la ciudad. “Es imposible que este tipo tenga toda la sabiduría de la cual se comenta con insistencia”, se decían para sus adentros. Casi como si el invitado les leyera la mente, les hace ver que aquella mujer que era considerada por ellos entre quienes “debían más”, paradójicamente se encontraba en el grupo de los que “amaban más”. Amaba mucho porque se le había perdonado mucho. De ese perdón vendría la paz para el resto de su vida y por ello sería recordada.

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