Que diría Jesús a los venezolanos

La verdad es que tengo días tratando de comenzar este escrito y aunque empecé después de las elecciones del 17 de abril, por diversas razones tuve que parar y volver a empezar varias veces. Eso lo que hizo fue vivir dos o tres semanas de las más tensas y extrañas que visto en esta Venezuela que nos ha tocado vivir. Por un lado exceso de retórica, repeticiones, contradicciones, múltiples interpretaciones, abusos, oídos sordos, insultos, golpes, patadas y lo peor, muy cerca el umbral de un conflicto que pudiera hundirnos como nación. Van y vienen cadenas de televisión que no se justifican. Ruedas de prensa de la oposición que como disco rallado solo repiten lo mismo una y otra vez. No me parcializo aquí por nadie pues ambos grupos caen en las mismas trampas y si seguimos así terminaremos destruyéndonos sin ni siquiera haber comenzado a resolver la crisis en la que estamos.  Poco a poco, y parafraseando a Ghandi, ojo por ojo y Venezuela se está quedando ciega.

Un sector reclama revisión de los resultados electorales pero lo hace a veces de manera un poco torpe, descuidada y con aires de superioridad. El otro habla buscando minimizar el reclamo, tratando de alguna forma de apabullar lo único que hasta ahora si ha sido comprobado y es que, los “otros” constituyen una población de ciudadanos del mismo tamaño que la de sus propios seguidores. Es decir, que existe un país dividido políticamente a partes iguales. A pesar de esas circunstancias, se atreve a inventar historias que inundan a la fuerza todos los medios, abusando así de su poder y progresivamente buscando anular a quienes no están de su lado. Es un ciclo perverso del que parece no podemos salir. Sin embargo, aunque ya llevamos como catorce años en este toma y daca, el escenario es novedoso porque el resultado electoral muestra una paridad sin precedentes, pero que también trae consigo un mensaje que necesita ser captado.

iraSe habla de diálogo. Pero, ¡vaya qué diálogo! Se trata de una conversación que no ha comenzado y que difícilmente comenzará, si quienes están en posición de fomentarla, buscarla, dar el ejemplo, nos guían con expresiones en las que equiparan el hablar con esos con una conversación con el “mismo diablo” o con los seguidores de pequeños dictadores fascistas fracasados. Los opositores no ocultan su rabia y añaden más leña al fuego en cada una de sus intervenciones. Hay rabia en ambos lados y ninguno parece querer bajar la guardia. Uno ejerce el poder con más dureza y el otro resiste provocando nuevas escaladas en la diatriba. Lo cual nos recuerda lo que decía Foucault, que el poder solo puede existir en función de la resistencia, “donde haya poder siempre habrá resistencia”. Aunque la resistencia trata de contraponerse al poder, de una manera extraña éste termina afirmándose, por lo que este juego podría seguir por mucho tiempo como ya lo hemos vivido los venezolanos, y como dijimos anteriormente, hasta que todos terminemos ciegos.

No se si yo sea idealista, pero me parece que las iniciativas de diálogo y solución a los problemas deben venir en primer lugar de los líderes que ocupan las más altas posiciones de gobierno. Aquí me refiero específicamente a quienes detentan el poder y que deben velar por el bienestar del país. Bien lo dijo Jesús en una de sus clásicas metáforas: A quien mucho se le da, también se le pedirá mucho; a quien mucho se le confía, se le exigirá mucho más. Por lo tanto a un gobierno que se le han confiado riquezas humanas y materiales como las que tenemos en este país se le tiene que exigir la búsqueda de la reconciliación de los venezolanos. Su renuencia a la búsqueda de un  verdadero diálogo revela, aparte de arrogancia, un anhelo de afincarse en el poder y dominar todos los espacios. No hacerlo significa eludir con una responsabilidad histórica. Como ha dicho una comentarista política: “la polarización puede que sea una buena forma de ganar una elección, pero también es una buena manera de destruir un país”, justamente lo que hemos vivido en los últimos 14 años. Hoy por hoy, la convivencia de los venezolanos y su progreso es más importante que cualquier proyecto ideológico, especialmente cuando la aparente hegemonía de éste ha sido severamente cuestionada en las elecciones del pasado 17 de abril. Sin embargo, como se puede constatar fácilmente, una victoria marginal, que obliga a conversar, negociar, llegar a acuerdos, se pretende convertir a la fuerza en una “victoria aplastante”.

Sin embargo, estoy de acuerdo con Pedro Trigo cuando señala lo complicado que es salir de la polarización en la que estamos sumidos. Tanto para los unos como para los otros dialogar implica transigir, conciliar, escuchar, prestar atención al otro y en muchos casos hacer concesiones. Como añade Trigo:

Para avanzar en la despolarización es necesario sentir en el alma esos efectos tan negativos, porque sólo si cada persona siente que no puede seguir así, estará dispuesta a pagar el precio que exige desmarcarse de ese mecanismo compulsivo y pasar a otro horizonte. Esto es así porque los ambientes polarizados son profundamente coactivos y represivos. Sólo aceptan intercambiarse en su código; y lo que no cuadre con él, se califica como contemporización con el enemigo, como ablandamiento suicida y a la larga como traición. Por eso, como el costo es muy elevado, se necesita un impulso interior muy profundo, una determinación muy firme, para cambiar decididamente de código, de horizonte, de percepción, de modo de valorar y de relacionarse.

No hay dudas que una de las áreas que requiere el mayor esfuerzo en este momento histórico es la de la comunicación entre estas dos partes. Pero hemos caído tan bajo. Quizás ya hemos transitado un camino que no debíamos haber recorrido. Hace unos años atrás pasé un buen tiempo meditando en el mensaje del Sermón del Monte de Jesús que se encuentra en los capítulos 5, 6 y 7 del evangelio según Mateo. Estos pasajes proponen una visión radicalmente diferente de vida, de la forma como nos relacionamos y cómo entendemos la justicia. Ellos son particularmente desafiantes para quienes nos hacemos llamar cristianos pues nos obligan a dejar a un lado la religiosidad exterior, para hacer de las enseñanzas de Jesús el núcleo del cual fluye nuestras acciones y nuestra espiritualidad.

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Precisamente allí en el Sermón del Monte hay un versículo que nos desafía en esta hora histórica, más aún cuando oficialistas y opositores se han declarado cristianos y han apelado los símbolos y rituales del cristianismo para validarse. Básicamente Jesús redefine el viejo mandamiento de “no matarás”, de una forma novedosa. El asesinato físico como tal era el límite impuesto por la vieja ley para las relaciones de conflicto entre iguales, pero Jesús establece una nueva referencia y redefine nuestras reacciones de rabia cuando nos confrontamos con otras personas. Me he tomado la libertad de parafrasear Mateo 5:21-22 de la siguiente forma:

Ustedes saben muy bien que a sus antepasados se les dijo: No mates, pues el que mate a otro será condenado. Pero yo les digo que cualquiera que exprese su ira contra su hermano o hermana, será condenado. Quien insulte descuidadamente a un hermano o hermana será llevado a juicio. Igualmente, aquel o aquella que insensatamente injurie a otra persona llamándola idiota quedará a un paso del infierno. La moraleja de todo esto es que las palabras matan.

Si aplicáramos este pasaje literalmente, podríamos decir que las cifras de muertos en los diarios están completamente subestimadas. Hemos visto la rabia desbordarse, los insultos ir y venir, el lenguaje vilificarse, el uso de sobrenombres, la vociferación de términos estigmatizados, y escuchar maldiciones proferidas por unos contra los otros. Pero quizás la lectura del pasaje de por si suena un poco floja en castellano. Dallas Willard, quién por cierto murió el día de hoy, señala en su extraordinario libro The Divine Conspiracy, que el texto nos muestra una progresión. Comenzando con la ira, pasando por el desprecio, hasta degradar la humanidad del otro, lo cual bien puede conducir a la brutalidad física y quizás hasta la muerte.

Sin embargo las palabras en nuestro idioma no tienen la misma fuerza ni significado que el original. Primero, el texto  usa la misma construcción que en el mandamiento veterotestamentario de “no matar” para la expresión de la ira contra otro. Luego, el vocablo en arameo usada para describir el insulto es “raca”, que se origina del sonido que uno hace cuando recoge saliva en la garganta para escupir, es decir, se trata de una señal de profundo desprecio. Por último, el término traducido como “idiota” básicamente hace referencia a la escoria humana, casi al nivel del perro que come de su propio vómito (Proverbios 26:11). He allí la progresión de la que nos habla Willard.

Lo desafiante para los cristianos son los versículos que siguen en Mateo 5:23-26. Donde Jesús nos conmina a “reconciliarnos con nuestro hermano” y a “llegar a un acuerdo con tu adversario”.  Pero la reconciliación debe ocurrir antes de ofrecer sacrificios en el templo, antes de cumplir con obligaciones religiosas, antes de momentos sagrados. En otras palabras una verdadera actitud cristiana hubiese llevado a  la búsqueda de una reconciliación antes de la toma de posesión presidencial, pues la paz de los hombres y mujeres está por encima de cualquier ritual. Por otro lado, llegar a un acuerdo a como diera lugar, antes de meterse en un juicio que podría producir resultados inesperados y agotar política y moralmente al demandante es una opción que se basa en la esperanza cristiana por encima de la justicia de los hombres. Esta hubiese sido una opción para la oposición.

Suenan como cosas utópicas e irreales, pero esa es justamente la característica de las enseñanzas de Jesús que nos desafían constantemente como creyentes. Justamente en estos tiempos tan difíciles que estamos viviendo pienso que debemos retomar estos principios y vivirlos intensamente.

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La Ley de Murphy y las elecciones venezolanas

Creo que nunca olvidaré el salón de tesistas del laboratorio de Electrónica de la Universidad Simón Bolívar. Por lo menos durante más de 10 años en la puerta de entrada de aquél laboratorio había un aviso que decía “¡Fuera Murphy!”. Una especie de exorcismo para espantar los espíritus que hacían fallar a los prototipos que los muchachos y muchachas diseñaban y construían en aquellos tiempos. Los estudiantes simplemente hacían alusión a un viejo adagio ingenieril hoy en día archiconocido y bastante elaborado con corolarios y postulados adicionales, mejor conocido como la Ley de Murphy, y que reza en mi traducción libre:

 Si algo puede salir mal, ciertamente lo hará…

Supuestamente la frase se le atribuye a un ingeniero de la fuerza aérea norteamericana llamado Edward Murphy quien dirigía un proyecto de instrumentación electrónica y se encontraba preocupado por la cantidad de imprevistos que encontraba a lo largo del trabajo, incluyendo fallas humanas como la conexión incorrecta de los terminales de un sistema de medición por parte de uno de sus técnicos. La frase fue escrita como una ley que de manera informal se coló en el lenguaje de los ingenieros como un antídoto contra el orgullo, pues ella no es más que un recordatorio de que las cosas que diseñamos siempre pueden fallar por una u otra causa. Aunque los ingenieros hacemos bromas acerca del origen de las fallas, bien sea en la electrónica, los dispositivos mecánicos o la programación, la ley de Murphy se originó a partir del pensamiento de que una de las principales fuentes de error, quizás la más importante, proviene de los mismos seres humanos que operan los sistemas que los ingenieros diseñamos. Se dice que fue esa la primera observación de Murphy refiriéndose a los errores cometidos por sus colaboradores: “si hay más de una manera de hacer algo, y una de ellas conduce al desastre, esa es la que finalmente se escogerá”.  De allí que surgieran otras leyes vinculadas con la de Murphy, como la de Gilb, que de manera sarcástica expresa estos mismos conceptos:

  • Los sistemas de computadores son poco fiables, pero los seres humanos lo son aún menos.
  • Cualquier sistema que dependa de la confiabilidad de los seres humanos es por definición poco confiable.

Todo esto viene a mi mente pues en los días previos y posteriores a las elecciones se esgrimían expresiones acerca del sistema electoral venezolano que rayaban hasta en la soberbia, tales como: “Inviolable”, “Invulnerable, inviolable e inquebrantable”,  o “perfecto”. Es más, la misma rectora del CNE expresó estas palabras el día lunes 15 de abril:

“(el sistema electoral) No es una máquina con voluntad propia, ni un algoritmo que trabaja por su cuenta. Somos personas quienes organizamos las elecciones, quienes garantizamos el voto, quienes mostramos y organizamos el perfecto funcionamiento de un sistema electoral a la altura de una democracia”

Y ella está en lo cierto, el sistema electoral se basa en una serie de procesos o flujos (workflows), creados por diseñadores humanos y obviamente sujetos a errores, que deben seguirse paso a paso. Básicamente es una combinación de acciones humanas y de intervenciones basadas en la tecnología que también están sujetas a la posibilidad de fallas (ver el gráfico).

voto

Previendo la inevitabilidad de la Ley de Murphy (o de Gilb), los diseñadores de los equipos (algunos de ellos se formaron en aquél salón de tesistas de la USB)  y los arquitectos de estos procesos han buscado la manera de establecer rigurosos métodos de seguridad como la redundancia, la tolerancia a fallos, el uso de claves compartidas, aleatoriedad en las estructuras, el uso de algoritmos criptográficos y otros métodos. Todo ello da un buen nivel de tranquilidad para los usuarios del sistema, pero nunca será 100% perfecto. Todo aquél que ha diseñado sistemas de medición sabe que habrá un margen de error, por muy pequeño que sea (algo que no parece estar muy bien definido tampoco). Sin embargo, como bien lo expresó la rectora, son muchas personas las que participan en el sistema y por la tanto allí es donde radica su principal vulnerabilidad, amén de que las computadoras, sus programas y sus interconexiones están siempre sujetas a la posibilidad de fallos. Esto sin tomar en cuenta los procesos concurrentes que se desarrollan, antes, durante y después de las elecciones, algunos de los cuales añaden ruido (no necesariamente el de las motos) e interfieren con un sistema que sólo ha sido auditado en un laboratorio impecable. Sin embargo, creo que a pesar de ello es difícil aceptar otra de estas leyes implacables: Todos los procesos reales tienen errores, hasta que se pruebe lo contrario, lo cual es imposible.

Pero aceptar la posibilidad de la imperfección es políticamente incorrecto en la Venezuela que vivimos. Es casi como cometer un sacrilegio contra otra de esas figuras idolátricas que se han ido construyendo en nuestro país en estos últimos años.

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¿Misión, Respetabilidad, Libertad o Poder?

El ocho de octubre de 2012, después de las elecciones presidenciales, por alguna razón que no atino a recordar, nos encontramos caminando por el centro de la capital mi esposa, mi hijo Daniel y un amigo. Para muchos quizás no era el momento apropiado, pues a lo mejor habrían muchos seguidores del ganador festejando ese día. Sin embargo, todo estaba quieto, sin tráfico, limpio y bastante seguro. Muchos negocios estaban cerrados, aunque habían algunos pequeños restaurantes abiertos. La caminata por El Calvario fue muy agradable, la verdad es que hacía añales que no paseaba por allí. Fue reconfortante especialmente reencontrarnos con la vista de una ciudad que a veces parece querer tragarnos. Pero sobre todo, mirar aquella metrópoli y poder soñar con un país unido y una Venezuela mejor.

En esas andanzas, cerca de la plaza Bolívar, por donde está la Cancillería, sentí la voz de alguien que me llamaba para saludarme.  No reconocí de inmediato a aquel hombre elegantemente vestido que se dirigía a mi, pero que ciertamente me llamaba por mi nombre. Así es que para no pasar pena puse a trabajar mi mente y a medida que se acercaba recordé a un predicador que había conocido hacía como 20 años atrás en nuestra iglesia de Los Teques. Después de ponernos al día con las preguntas de rigor, me dijo que se encontraba trabajando desde hacía algún tiempo en la sección de protocolo de la Cancillería, justo cuando Nicolás Maduro todavía ejercía como ministro de relaciones exteriores. De manera espontánea, sin que yo indagase o mostrara sorpresa por su nueva vocación, me planteó tajantemente la razón por la cual estaba trabajando allí: – Es que hay demasiados santeros en el gobierno y los cristianos tenemos que testificar de Cristo en esos lugares. Me lo dijo con la convicción de que yo entendería su decisión personal, independientemente de que pensase que él era un miembro del partido de gobierno o no. Con aquella sola frase “cristiana” justificaba su incursión en un cargo político, dentro de un gobierno que solo admite como empleados a quienes profesan la ideología socialista.

El hermano evangelista lo que hizo fue añadir, a mi ya confusa mente, nuevos dilemas respecto a cómo es que se había producido ese acercamiento entre evangélicos y gobierno a lo largo de los últimos 14 años. Pero las cavilaciones no se quedaron tranquilas pues apenas dos meses después vino el anuncio por parte del presidente de su inminente intervención quirúrgica en La Habana, seguido de todo el proceso subsiguiente que desencadenó en su fallecimiento y posteriores actos funerarios, religiosos y políticos, los cuales se pegaron con una campaña electoral tipo fast-track en la que estamos sumidos desde hace 10 días. Mucha gente ha quedado sorprendida con el énfasis religioso puesto en todos estos eventos, ya en una entradas anteriores a este blog quise describir algunas de estas cosas desde el ángulo de la religiosidad o catolicismo popular, que tiene una dinámica un poco diferente de lo que las jerarquías católicas quisieran imprimirle a su fe. Observamos con sorpresa los íconos, las capillas, los símbolos que el pueblo ha usado, los símbolos propuestos por el candidato a la presidencia, y sobre todo el lenguaje, tratando de explicar estas cosas como elementos necesarios en la imperiosa necesidad del sucesor de dirigir la rutinización del carisma de Hugo Chávez. Sin embargo, lo que tal vez no resulta tan evidente  a primera vista son algunos elementos en el discurso, en los mensajes, en las actitudes y hasta en la valoración de la figura de Hugo Chávez y su tiempo, que son de claro origen evangélico y sobre todo pentecostal. Aunque mi razonamiento parezca extraño, lo que estoy tratando de decir es que hay también una notable contribución de los evangélicos venezolanos en toda esa simbología que se pretende para la creación del mito de Hugo Chávez. Quiere decir entonces que en el proceso revolucionario los evangélicos han sido participantes indispensables e importantes, lo que contradice radicalmente lo que aconteció en otras épocas políticas del acontecer nacional. ¿Cómo se llegó a eso? Tal vez el asunto no sea tan fácil de descifrar y se me complica aún más porque también la oposición comienza a darse cuenta de esto y a tratar de acercarse a la iglesia evangélica, cuyo punto culminante ha sido la participación del cantante Ricardo Montaner en una de las concentraciones masivas de su candidato, en la cual dirigió una serie de oraciones colectivas al más puro estilo de un templo pentecostal. Es por ello que me gustaría atreverme a intentar alguna clase de explicación.

Las iglesias evangélicas fueron ignoradas de la escena política y social del país durante buena parte del siglo XX. Aún en días recientes, al ver los noticieros de televisión o leer sobre el cónclave para la elección papal, así como escuchar a algunos sociólogos considerados “expertos” sobre el tema, me sorprendió que la terminología aún preferida para denominarlas es la de “sectas”, no la de “iglesias”. Semejante subestimación, incluso por académicos que no están sujetos a la jerarquía eclesiástica católica, pasa por alto el hecho de que algunos grupos evangélicos tienen presencia en América Latina desde hace ya más de 100 años, han desarrollado bases teológicas propias y su crecimiento, que preocupa tanto al Vaticano, es simplemente el resultado de un accionar sostenido a lo largo de mucho tiempo, en medio de situaciones bastante adversas. Entre otras cosas, batallando contra el mismo descreimiento de la sociedad que enfrenta la iglesia católica. No es de extrañar entonces que como consecuencia de esa valoración de la religión dominante, políticamente hablando, la presencia evangélica fue ignorada sistemáticamente por los partidos y los gobiernos. En fin, según la jerarquía católica, no eran más que unos grupúsculos ignorantes que pronto serían erradicados con nuevos planes de evangelización y su influencia en la sociedad era casi despreciable.

Sin entrar en muchos detalles, sin valorar el tono, la teología, el mensaje o afirmaciones del pastor que tuvo la oportunidad de predicar en el funeral de Hugo Chávez el día 8 de marzo, se puede decir que algo así nunca hubiese ocurrido en tiempos de la así llamada Cuarta República. Es indudable que en esta delicada relación entre religión y política ha surgido en Venezuela un nuevo e importante actor.

Hoy por hoy, entrada la segunda década del siglo XXI, las iglesias evangélicas se han extendido tanto, que en algunos países latinoamericanos agrupan entre el 30 y el 50% de la población. Además, modificaron sus estilos, enseñanzas, estética y valores para irse adecuando a poblaciones de grandes urbes, aunque a veces esos cambios se consideran contradictorios. Por ello, no han faltado sagaces líderes políticos que hayan buscado la manera de incorporarlas a sus proyectos y programas. Pero la pregunta que yo me hago es más bien, qué es lo que está en la mente de un evangélico o pentecostal venezolano cuando decide involucrarse activamente en la arena política.

Hay algo que tengo en mi memoria del comienzo de los años sesenta. Por esos tiempos tendría entre 9 y 11 años, pero recuerdo que mi papá a veces me dejaba en casa de mi abuelo Fernando para pasar el día o la tarde. La verdad es que no habían muchas cosas que hacer allí. A veces ver al abuelo tejer chinchorros, jugar un poco en las matas de limón y guayaba del patio, pero cuando eso terminaba y el abuelo se iba a dormir su siesta, me quedaba solo deambulando por la casita. Me llamaban la atención los versículos bíblicos en las paredes. Después aprendí que era un mandato del Antiguo Testamento en Deuteronomio 6:9. Me los leía todos mientras caminaba de la entrada de la casa hasta el patio. Pero cuando llegaba al final del salón, había un escudo que en aquellos tiempos no sabía qué significaba. No era nada bíblico sino algo más mundano y concreto. Unos años después, el 19 de enero de 1965 fui con mi papá a contarle a mi abuelo, ya en su lecho de muerte, que Carlos “Morocho” Hernández había ganado el primer campeonato mundial de boxeo. Allí a mis casi doce años, al escuchar conversar a mi papá y mis tíos, entendí con claridad que mi abuelo amaba tres cosas en la vida, la Biblia, Acción Democrática y el boxeo. Obviamente aquel emblema que me había intrigado siempre no era más que el escudo de Acción Democrática, el partido en el que militaba mi abuelo.

Pasados unos cuantos años al principio de la década de los ochenta fue cuándo me pregunté por primera vez el por qué de la filiación política de mi abuelo en relación con sus creencias religiosas. Nunca me había imaginado, ni me habían contado (en la familia no se hablaba de eso), que los evangélicos habían sido perseguidos en nuestro país. Mi abuelo fue uno de esos primeros conversos al final de los años 1920 y comienzos de la siguiente década. Junto con misioneros que vinieron de Europa y luego de los Estados Unidos fundaron la primera iglesia evangélica en Tovar (Edo. Mérida). Pero la jerarquía católica estaba disgustada con esos avances y usó diversos medios para disuadir la predicación. Uno de los problemas que mi abuelo confrontó fue la falta de trabajo por causa de su fe y eso mantuvo a su familia sumida en la pobreza. Sin embargo, los grupos evangélicos siguieron avanzando y todavía, en el comienzo de la década de los 60, se percibía en el ambiente una renuencia a aceptarlos. La libertad de cultos de la que se hablaba en el país no era más que mero espejismo. Todavía en el comienzo de los años sesenta mi abuelo se aferraba a Acción Democrática como la única posibilidad de llevar adelante un gobierno verdaderamente secular, sin intervención de la iglesia católica. Así que durante mucho tiempo esta cruzada fue parte vital de las iglesias evangélicas y pentecostales en el país. La esperanza de una nueva constitución que pudiera garantizar esa libertad fundamental hizo que muchos grupos favorecieran en sus comienzos los programas propuestos por Hugo Chávez, especialmente su idea de una Asamblea Constituyente, tratando de acercarse a su gobierno.

De los años sesenta hasta 1998 es un trayecto de más de treinta años en el cual las iglesias evangélicas también sufrieron transformaciones notorias. Tal vez aquellos grupos un poco fundamentalistas en los que empezó mi abuelo se habían tornado un más liberales. Otros habían adoptado un quehacer teológico más cercano a la teología de la liberación y por ende más político. Incluso otros habían preferido optar por una experiencia espiritual más profunda y se hicieron más carismáticos. El movimiento pentecostal que ya llevaba más de 70 años de desarrollo en Venezuela y quizás casi 90 en el resto del mundo, con un crecimiento vertiginoso en zonas urbanas, especialmente entre los más pobres, también había sufrido grandes transformaciones y ya en esos tiempos del inicio del gobierno de Chávez se hablaba de un neo-pentecostalismo que de paso tenía una multiplicidad de manifestaciones.

Quizás una de las influencias más importantes sobre las iglesias evangélicas había ocurrido entre 1970 y 1990 mediante un movimiento que se denominó iglecrecimiento en el cual se hizo un énfasis organizacional modernista, muy influenciado por técnicas de marketing de la época y que se pueden percibir de forma más depurada en el libro del pastor californiano Rich Warren, La iglesia con propósito (1995). Técnicas que llevaban al surgimiento de iglesias grandes o megaiglesias (digamos con membresía fija superior a las 1000 personas)  donde previamente lo que habían eran pequeñas comunidades como las que fundó mi abuelo que funcionaban en redes y se ayudaban las unas a las otras. No quisiera extenderme mucho en las implicaciones de este cambio paradigmático, solo que en 1998 habían en Venezuela pocas megaiglesias pero si muchos pastores que funcionaban con esa mentalidad, pues uno de los énfasis del iglecrecimiento está en el surgimiento de un líder emprendedor y visionario que impulse a la organización religiosas a través de su ciclo de vida. Esto ha dado lugar a algunas variantes teológicas que le dan una fuerza particular a esas personalidades no solo al interior de sus organizaciones, que los reconocen incluso como apóstoles dentro de una nueva jerarquía eclesiástica, sino hacia fuera de ellas, especialmente en las esferas de poder, donde se supone que ellos ejercen influencia espiritual. Así que aquella vetusta idea de los evangélicos de lograr simplemente la libertad de cultos y mantener la creencia de la separación entre la iglesia y el estado, va a ser traspasada por esta nueva visión en la cual se busca influenciar, penetrar, establecer principios y por qué no, dominar. Cosas que sin duda justifican la asociación con el poder.

No quisiera hacer este escrito más largo de lo que ya es. Tal vez en los subsiguientes deba explicar mejor algunas cosas, pero creo que he esbozado someramente las razones por las que una buena cantidad de los evangélicos y pentecostales han abrazado con fervor las filas de la revolución (habría que determinar qué porcentaje con un estudio serio, pero más importante aún es saber qué porcentaje de la población nacional son evangélicos). Quizás podría resumir de la siguiente manera:  1) Como grupos marginados que fueron, al ser tomadas en cuenta por el gobierno, las iglesias evangélicas adquieren una respetabilidad y aceptación que nunca tuvieron y por ello aprecian al gobierno que las incluye en sus planes, 2) La apertura de puertas para participar en la vida pública es vista por muchos como un nuevo campo misionero, no importa que ello implique asociarse con el partido de gobierno, 3) La posibilidad de lograr la meta de la verdadera libertad de cultos lleva a tolerar hasta cierto punto las políticas gubernamentales y a veces a participar en ellas, a cambio de la promoción y defensa de esa libertad fundamental, 4) Para algunos representa un acceso a las esferas de poder político, algo sin precedentes en la historia las congregaciones evangélicas del país, que se compararía con el poder que mantuvo la iglesia católica durante los 40 años previos al inicio del gobierno chavista, y 5) Quizás para un grupo de evangélicos, hay razones teológicas que los llevan a considerarse como una opción para los pobres y por lo tanto ven con buenos ojos asociarse con un gobierno que ha puesto sobre el tapete el tema de la pobreza.

Sin embargo, todo esto tiene sus tonalidades y por ello habrá que seguir conversando un poco más.

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El nuevo altar venezolano

Cuando estaba chamo y visitábamos Caracas, cada vez que se podía mi papá nos llevaba al cementerio General del Sur a limpiar la tumba de mi abuela Rosa y a ponerle flores. Algunas veces dábamos un paseo por el cementerio para ver los mausoleos y mi mamá que era muy cuentera nos hablaba de las personalidades que estaban allí sepultadas. De vez en cuando nos llegábamos hasta la tumba del Dr. José Gregorio Hernández y nos sorprendía la cantidad de gente que la visitaba y las placas y ofrendas que allí se encontraban. También nos echaba el cuento de una estudiante de derecho llamada “María Francia” que había sido picada por una culebra. Hacia esa tumba peregrinaban los estudiantes que buscaban salvar su año escolar y cuando lo lograban lanzaban sus cuadernos a la tumba como ofrenda. Todo esto contrastaba drásticamente con el catecismo católico que nos enseñaban en la escuela y nos mostraba una Venezuela con una espiritualidad que se distanciaba bastante de aquellos sacerdotes y monjas españoles de los colegios donde nos estábamos educando a principios de la década de los 60. La verdad que esos cuentos de mi mamá juntos con los de las ánimas en Puerto Cabello son un recuerdo imborrable en mi mente.

Con el pasar del tiempo, esas historias y curiosidades quedaron un poco en el olvido. Luego hacia el principio de los años noventa dentro de las iglesias cristianas donde nos congregábamos hubo un singular interés por caracterizar esas expresiones y rechazarlas por considerarlas paganas y contrarias a las enseñanzas de la Biblia. Yo mismo me dediqué por un buen tiempo a entender cómo habían surgido y cómo se propagaban. Con el correr del tiempo, de una forma u otra, todos estos cultos populares fueron puestos a un lado en mi pensamiento, pasándolos por alto, sin darme cuenta que ellos seguían desarrollándose, evolucionando y produciendo un caldo de cultivo fértil para nuevas expresiones de espiritualidad.

Sin embargo, desde diciembre, y especialmente durante todo este mes de marzo todas esas prácticas han resurgido públicamente de manera inusitada a raíz de la enfermedad y fallecimiento del presidente venezolano. De un momento a otro todas estas creencias han encontrado un foco y un motivo para reaparecer y fortalecerse. Pero no solo es eso lo sorprendente, sino que por razones políticas ellas han sido explotadas a favor de la revolución, especialmente para impulsar la candidatura de quien se supone sucedería a Hugo Chávez en la presidencia del país. Todo en condiciones tremendamente contradictorias en relación a las tendencias políticas socialistas que son, a mi entender, fundamentalmente materialistas y ateas.

De repente Chávez se ha convertido en un culto. Es un “tipo” de Cristo, ha dicho una de sus seguidoras, indidudablemente usando un lenguaje teológico de origen seguramente evangélico. Igualmente se entremezcla la Biblia con las palabras del comandante en afiches como el de un Chávez con la cruz en la mano que manda a sus camaradas a que “no teman ni desmayen” porque él estará con ellos, en clara alusión al texto de Josué 1:9, tan popular en círculos evangélicos y pentecostales. Sus ministros, muchos agnósticos confesos, han revelado que ahora entienden lo que sentían los discípulos después de la muerte de Cristo, así como lo que significa la resurrección, pues de la misma forma Chávez ha resucitado en sus corazones. La plana mayor del gobierno provisional han declarado ser los apóstoles del nuevo culto que comienza a entretejerse progresivamente. Nicolás Maduro ha actuado como el sumo sacerdote que necesita extender el carisma del desaparecido líder mediante las nuevas creencias y rituales, llegando a los extremos de plantear cosas inverosímiles como haber recibido tuits de ánimo por parte del fallecido presidente y su visita en forma de pájaro para bendecirlo al inicio de su campaña.

Algunos comentaristas han hablado de sus sorpresas ante estos hechos. Barrera Tyszka señalaba en un artículo del 17 de marzo que al Estado, que él lo califica de “eclesial”, solo le interesa la devoción llegando a considerar “cualquier mínima duda sobre la divinidad de Chávez…una ofensa, un sacrilegio”. Mucho más dramáticas y difíciles de tragar fueron las palabras de Fernando Mires quién analizaba el fenómeno diciendo que el mito de Chávez que se estaba construyendo básicamente venía a “llenar el vacío de Dios que a tantos atormenta”. Aunque reconocía que los seguidores del fallecido presidente veían reflejadas en éste todas sus virtudes y defectos, decía que los adoradores del naciente culto, en lugar de encontrarse con Dios, se estaban conformando con un búsqueda infructuosa que los llevaba realmente a un vacío. Lo cual a mi modo de ver, y usando las propias palabras de Jesús a la mujer samaritana en Juan 4, lo que conduce es a seguir bebiendo un sucédaneo, una mala imitación, y a seguir teniendo sed del agua de vida verdadera.

Una cosa son las apelaciones a lo mítico y lo divino por parte de los políticos, quienes ciertamente persiguen un fin muy pragmático como lo es ganar las elecciones del 14 de abril. Otra muy distinta es entender las características de la religiosidad del venezolano y sus necesidades espirituales. Cuando uno ve imágenes de una capilla denominada “Santo Hugo Chávez del 23” erigida como lugar sagrado de culto, lo que estamos presenciando es un comportamiento que se ha repetido en el pueblo venezolano desde hace siglos. Es que nuestra fe popular es muy elástica, se nutre de muchas creencias y le da espacio a nuevas expresiones constantemente. Que la jerarquía católica se moleste o que algunos cristianos evangélicos tildemos el comportamiento de idolatría y lo veamos como un influjo del reino de los demonios en las personas, es comprensible, pero no logra su objetivo de eliminar estas prácticas arraigadas en el pueblo venezolano.

capilla

Las creencias religiosas han estado presentes en Venezuela desde tiempos inmemoriales, asociadas a las tribus indígenas originarias que habitaban el país antes que llegaran los españoles, a la religión católico-romana, traida al país por los misioneros españoles, y a las religiones de origen africano que vinieron en el corazón de los esclavos al país. El proceso de conquista y colonización de Venezuela y las guerras independentistas venezolanas que se caracterizaron por ser las más largas de América Latina (casi veinte años, 1810-1830), produjeron una población marginada, con comunidades sumidas en el abandono o semi-abandono en todos los aspectos: político, social, económico y, especialmente, el religioso. Poco a poco esas comunidades comenzaron a desarrollar su propia forma de expresar y vivir sus creencias. La población comenzó a asumir responsabilidades espirituales sin ninguna formación teológica cristiana. Esta fue la oportunidad de desquitarse en parte de la opresión de la conquista y comenzar a incorporar aquellos rituales y expresiones guardados desde generaciones anteriores dentro de la espiritualidad cotidiana. En esa amalgama de creencias, la religión católica se constituyó en el sustrato a partir del cual se entretejerían las características de la religiosidad venezolana actual.

san hugo

Clarac de Briceño[1] señala que los grandes y sucesivos contrastes en la vida venezolana, llevaron a la formación de una población que perdió sus referencias culturales tradicionales. En otras palabras, sin un asidero real o firme en el aspecto espiritual, los débiles y marginados se vieron obligados a seguir desarrollando su propio sistema de creencias y de pensamiento religioso, conformando así la base espiritual del venezolano. Pollak-Eltz[2] describe este proceso de la siguiente manera:

La Iglesia Católica… ofrece sólo el contexto institucional dentro del cual se practica la religión popular… se sabe de Jesucristo, pero en la vida diaria la gente se ocupa especialmente de los “dioses menores”: los santos, las vírgenes, las ánimas. Estas prácticas se deben ver en el marco de la religión popular.

Un pueblo desposeido, ignorante, maltratado y enfermo requiere de creencias que suplan sus necesidades religiosas, recreacionales, emocionales, económicas, sociales y en materia de salud. Esto da pie a la amalgama, aleación o fusión, de ritos y creencias de origen indígena, africano, con influencias del espiritismo europeo y de prácticas esotéricas variadas, con la tradición cristiana católica y más recientemente la evangélica. Por ello encontramos en Venezuela un culto tanto a los santos “oficiales” del catolicismo, como a los llamados “muertos milagrosos” o santos “populares”. Si ya se adoraban santos populares que en vida habían sido personajes de alto rango militar, político o social, curanderos, personajes de vida ejemplar, hombres y mujeres comúnes sin mayor importancia, rebelde o guerrilleros, personas imaginarias, toreros, y hasta delincuentes, cómo no pensar que Hugo Chávez entraría por la puerta grande en el panteón de la espiritualidad popular venezolana. Por ahora su imagen está en un pequeño santuario en Monte Piedad en Caracas, los organizadores de la capilla justifican la misma pues el “dio su vida” por ellos y “llenó de felicidad a los más pobres”. La pregunta que resuena en la mente y el corazón de los cristianos es si esta agua que están bebiendo no seguirá produciendo sed espiritual en nuestro pueblo. O preferimos escuchar las palabras de Jesús a la mujer samaritana:

Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed; pero quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él o ella una fuente de agua que salte para vida eterna.


[1] Clarac de Briceño J. (2011) La Enfermedad como lenguaje en Venezuela. Caracas: Fundación editorial el perro y la rana. Pág. 99.

[2] Pollak-Eltz A. (1994) La Religiosidad popular en Venezuela, Editorial San Pablo, Caracas-Venezuela.

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Nos declaramos apóstoles

“Nos declaramos apóstoles de Hugo Chávez, los apóstoles de la causa del comandante Chávez y vamos a cuidar su legado porque vamos a cuidar a nuestro pueblo. Nos vamos a convertir en los protectores de los necesitados. El comandante fue el reivindicador de Bolívar e hizo que volviera a nosotros al despertar la conciencia del pueblo” (Nicolás Maduro, 2013)

Maduro-Hugo-Chavez

En la formulación de su teoría sobre el liderazgo carismático, Weber se detuvo en tratar de explicar el tema de la sucesión como un aspecto importante de esta clase de modelo de autoridad en sistemas sociales, políticos, religiosos y empresariales. Básicamente describió  seis formas básicas para la sucesión como: 1) La búsqueda de un nuevo líder con características semejantes, que posea cualidades similares y aún mejores; 2) Mediante revelación divina o de otra fclase que determina quién debe ser el nuevo líder; 3) Realizando la designación del sucesor a través de un cuerpo colegiado de líderes reconocidos por la comunidad, tipo cuerpo cardenalicio, politburó, o junta directiva; 4) Por herencia familiar, en cuyo caso las cualidades carismáticas reconocidas en el líder saliente pasan a un segundo plano, pues solo importa llenar el vacío que éste ha dejado por un miembro de su clan; 5) Usando un procedimiento ritualista o unción que permita traspasar el carisma al sucesor de forma sobrenatural o mágica; y, 6) Cuando es el mismo líder carismático es el que designa a su sucesor, pidiendo el reconocimiento de éste por todos.  Sin entrar en muchos detalles, resulta obvio que Chávez escogió la última metodología. Todavía están frescas sus palabras cuando en cadena nacional designaba a Nicolás Maduro como la persona indicada para sucederle :

“Si se presentara alguna circunstancia sobrevenida que a mí me inhabilite para continuar al frente de la Presidencia de la República … Nicolás Maduro no solo debe concluir el período, sino que mi opinión firme, plena, irrevocable, absoluta y total es que en ese escenario, que obligaría a convocar a elecciones presidenciales como lo manda la Constitución, ustedes elijan a Nicolás Maduro como Presidente de la República. Yo se los pido de corazón” (Hugo Chávez, 2012)

Así que en cierta forma una parte de la sucesión quedaba resuelta allí mismo, quedando en veremos la confirmación de la misma, mediante elecciones que le otorgarían a Maduro la autoridad legal necesaria. Ahora bien, lo que no queda claro allí es cuál es el rol que vendría a jugar Maduro en el nuevo esquema de cosas, qué tipo de liderazgo ejercería y cómo podría extender el carisma de Hugo Chávez e institucionalizarlo. A este aspecto es a lo  que Weber denominó la rutinización del carisma, dicho en otras palabras la misión que Maduro ha recibido es hacer que las características fuera de lo común del carisma de Hugo Chávez, se conviertan en algo más cotidiano, repetible, regulado, normado e institucionalizado. Pero éste es un proceso largo que ha penas ha comenzado, mientras tanto el sucesor necesita legitimarse frente al resto de los cuadros administrativos, civiles y militares, y ante la inmensidad de seguidores de Hugo Chávez.

En este sentido es posible hablar del nacimiento de un nuevo liderazgo en la persona de Nicolás Maduro cuya función es básicamente la de consolidar lo que ya inició Hugo Chávez. El asunto aquí es entender que, si bien es cierto, Chávez puede ser considerado como un individuo que desarrolló un liderazgo carismático basado en sus bastante inusuales cualidades, fascinantes para muchos como se ha podido comprobar, y sobre todo, gracias a su capacidad para conectar con el pueblo y atraerlo hacia su persona y su visión, la función de Maduro será mucho más “convencional, mundana o práctica”. Básicamente deberá liderar la creación o consolidación de los medios organizacionales para agrupar a los seguidores de Chávez y los planes que permitan realizar en forma práctica la visión que llevó tanto tiempo en definirse, pero que aún no está plenamente sistematizada. Alfonso Moleiro hacía una semblanza de Nicolás Maduro que parece confirmar estas ideas:

No habría decidido Hugo Chávez colocarlo donde está si no estuviera completamente seguro de sus atributos en esta delicada encomienda: un militante de la extrema izquierda de larga data; conocedor de los meandros del poder; consciente de lo que se puede y no se puede hacer en este tiempo histórico; con suficiente sentido común como para no adelantar jugadas y no irse de bruces… Estamos en presencia de un político con una enorme capacidad de trabajo, leal a su legado, que ha acumulado un enorme aprendizaje y ha aprendido a afilar sus uñas en su paso por el alto gobierno… Es un hombre pragmático… Queda claro que su objetivo supremo es continuar con la Revolución. 

Por eso no nos debe extrañar la declaración de Maduro que está al comienzo de este escrito. Claramente en su mente el es básicamente un apóstol de Hugo Chávez.  Es el nuevo sumo sacerdote que proclama su autoridad para crear una nueva tradición sagrada, basada en las enseñanzas que su profeta, Chávez, hacía en base a su visión del mundo y su carisma personal. Como él mismo lo ha dicho:  “A mí él me fue preparando sin que yo lo supiera en todos los temas: petrolero, financiero, internacional… “. Por lo tanto su tarea es convertirse en forjador de una nueva institucionalidad que represente el carisma de su mentor y maestro, es decir, un “chavismo con un Chávez institucional, simbólico, mitológico”, no ese supuesto “chavismo sin Chávez” del que se habla constantemente. No es la primera vez que ocurre este tipo de acoplamiento en la historia, en el cual el líder carismático de un movimiento social deja en manos de un sucesor la tarea de consolidarlo y extenderlo. Sin embargo, por ahora todo depende de las posibilidades de victoria en las venideras elecciones, las cuales a Dios gracias no serán a los cincuenta días del fallecimiento de Chávez, para así eludir nuevos simbolismos innecesarios.

Mientras tanto, el pragmatismo de Maduro le ha llevado a volcarse a la tarea, sin precedentes, de crear un mito y un culto de la persona y obra de Chávez. Esto en estos momentos quizás solo sirva para la obtención de los votos necesarios, pero nos revela una faceta de esa función sacerdotal que el sucesor debe ejercer en este tipo de cambios abruptos de liderazgo. Especialmente porque semejante simbolización y mitologización le sirve como altar de legitimación frente a los seguidores de la revolución. En una próxima entrega veremos algunas implicaciones de este proceso que raya en el surgimiento de una nueva idolatría y que en principio, debería entrar en conflicto con las creencias cristianas.

 

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Carisma que mata…

El problema del carisma es que termina con el líder. Para continuar sin él, la democracia necesita ser reforzada con dos ingredientes cuya química es igualmente compleja, sobre todo en un inmediato período poscarismático: la institucionalidad y la participación popular (Boaventura de Sousa Santos)

 Tal vez Chávez realmente murió por tener un corazón demasiado grande (Slavoj Žižek).

El líder carismático no abdica, ni siquiera cuando el agua llega a su cuello. Precisamente, en esta disposición a morir yace uno de los elementos de su fuerza y su triunfo… (citado por Stephen Turner[1])

 A raíz del fallecimiento de Hugo Chávez Frías se han producido comentarios y escritos por doquier. La verdad no se si lo que voy a escribir añada nada nuevo, pero creo que el ejercicio me ayuda a aclarar ciertas dudas, a encontrar algunas respuestas y tratar de visualizar un poco hacia delante. Como decía en el blog anterior, una de las cosas que más nos cuesta asimilar y entender es ese proceso progresivo por medio del cual, un individuo con una estructura familiar, formación y oportunidades bastante ordinarias para los estándares de la clase trabajadora y media venezolana de los años 60 y 70, terminó convirtiéndose en el líder “más carismático” a nivel mundial de las últimas décadas, como algunos comentaristas de izquierda y de derecha han señalado.  Por ello me pareció interesante comenzar con la cita del Profesor de la Universidad de Coimbra, Boaventura de Sousa Santos, quien escribió un interesante análisis de la situación nacional a raíz de la muerte de Chávez. En su escrito De Sousa Santos insiste repetidas veces en hacer referencia al “liderazgo carismático” de Chávez y señala cómo ese carisma puede aniquilar al líder (aparentemente con la hipertrofia cardiaca a la que se refiere Žižek), dando algunas luces de lo que podría ser un período que denomina “poscarismático” y al que me referí en el blog anterior como la “rutinización del carisma” para usar un concepto derivado de Max Weber. Definamos entonces qué es este carisma del que tanto hablamos y oímos hablar.

Mi familiarización con el término carisma se produce en los años 70 cuando entro en contacto con la renovación carismática católica y en 1978 con el pentecostalismo. En esas corrientes cristianas los carismas hacen referencia a los dones con los que el Espíritu Santo dota a una persona para el ejercicio de la misión cristiana, para el bien de los demás, para el servicio dentro y fuera de la iglesia, bien sea en sabiduría, conocimiento, profecías, discernimiento, poder para obrar sanidades y milagros, hablar en otras lenguas e interpretarlas (1 Corintios 12:7-11). Nótese que el énfasis aquí es el servicio, el bienestar de los otros, la mutualidad, la horizontalidad dentro de una visión corporativa donde hay muchos miembros que se necesitan los unos de los otros, y donde los que parecen más débiles son indispensables (v. 22).

Sin embargo, en el uso del término carisma que Weber introduce en sus escritos, aunque derivado del vocablo cristiano, hace referencia a la vinculación que establecen aquellos líderes que demuestran cualidades y atributos especiales con sus seguidores. Por lo tanto el carisma en si mismo no reside totalmente en el líder que posee esas cualidades carismáticas, ni en el seguidor abierto al influjo de ellas, sino en la relación que surge entre ambos en medio de una situación o ambiente que la facilita o promueve. Para Weber el líder carismático puede ejercer su poder de manera legítima sobre sus seguidores y por lo tanto llegar a poseer autoridad sobre ellos. De acuerdo con Weber, el líder carismático tiene una misión revolucionaria que se opone a las reglas establecidas, que renuncia o rechaza el pasado, que desmonta tradiciones, costumbres, reglas y jerarquías conocidas. Por ello demanda de sus seguidores fiel obligación y lealtad a la misión, sin términos medios, tratando a quienes se le resisten, oponen o cuestionan como enemigos imperdonables, poco menos que traidores o delincuentes comunes (los parias morales, despreciables egoístas aburguesados, desagradecidos y rebeldes opositores de Chávez a los que se refiere Gisela Kozak en su artículo).

Weber definió tres tipos de autoridad: la racional, la tradicional y la carismática. Las dos primeras se basan en estructuras legales para la transferencia del mando, como en los casos de la sucesión a un trono o de elecciones libres. En el caso de la autoridad carismática, el líder es aceptado por sus seguidores sobre la base de que está dotado de unos dones extraordinarios otorgados por poderes superiores e incluso divinos. Además, los seguidores aceptan de buena gana su autoridad pues ella proviene de su santidad, heroísmo, o carácter ejemplar, rayando hasta en lo sobrehumano o sobrenatural[2].  En este último punto radica también la vulnerabilidad del liderazgo carismático  puesto que si en algún momento perdiese sus supuestas dotes extraordinarias, a pesar de que el líder domina en gran medida las creencias, emociones y acciones de sus seguidores, existe siempre la posibilidad de que éstos le den la espalda.

chavez2El problema que observamos en primera instancia con estas definiciones es que Chávez fue electo en 1998 en elecciones nacionales, tal como lo establecía la constitución vigente. En otras palabras, según Weber, originalmente se le otorgó una autoridad legal para el ejercicio de su cargo. Sin embargo, al final de sus días es reconocido nacional e internacionalmente como poseedor de un liderazgo carismático que traspasa fronteras. ¿Cómo llegó Chávez a adquirir esa autoridad carismática de la que todos hablan? Comúnmente se dice que el liderazgo carismático emerge durante las épocas de crisis. De acuerdo a la perspectiva weberiana, Chávez habría surgido a raíz de la crisis social de grandes dimensiones de los años 1989 a 1998, habiéndose mostrado como alguien dotado con esos “poderes especiales” que permitirían encontrar las soluciones necesarias. Con el correr del tiempo, Chávez logra articular una visión de país la cual comparte con la multitud de sus seguidores, mediante un largo y complejo proceso comunicacional. Más adelante, la visión se articula ideológicamente en términos de igualdad, libertad, independencia del “imperio”, dignidad humana y otros valores socialistas, de una forma tal que resulta atractiva a los grupos sociales menos privilegiados, hasta ese momento marginados de los procesos de decisión de Venezuela. Habría que releer y volver a analizar los escritos, videos, documentos que la revolución chavista ha producido para determinar los numerosos cambios y ajustes que se han producido en los valores y la ideología resultante. Durante 14 años Venezuela fue básicamente un laboratorio con experimentos exitosos y fallidos. Hasta la Constitución parece un proyecto, a pesar de la defensa que de ella se hace constantemente, pues también hay quienes han querido modificarla o peor aún subestimarla, o interpretarla de diferentes maneras. Una cosa si parece cierta, el desarrollo de esta ideología socialista y su puesta en funcionamiento institucional sobrepasa en importancia lo pragmático, inmediato, o material como los temas de progreso económico o seguridad, como se puede observar con claridad en los lineamientos de la campaña electoral que condujo a la victoria de Chávez en las elecciones del 7 de octubre de 2012.

En un análisis rápido Chávez es casi como un ejemplo de libro de texto del liderazgo carismático según Weber, pero esto haría ver el fenómeno como extremadamente individualista y transitorio. De hecho creo que muchas personas lo ven así y piensan que con su fallecimiento, el carisma desaparece dando lugar a un espacio para el establecimiento de una nueva dinámica política y social. Sin embargo, creo que la respuesta a la pregunta formulada anteriormente yace en el aspecto comunicacional del liderazgo de Chávez. De esto se ha hablado constantemente, pero lo que hay que resaltar es que su objetivo era crear un nuevo orden social y simbólico en Venezuela, donde Chávez venía a ser la encarnación viva de los valores de la “patria socialista”. Así pues, la autoridad legalmente otorgada por el voto fue traspasada por el carisma que poseía Chávez para evocar símbolos, enunciar nuevos valores sociales y políticos, y crear nuevos mitos que se relacionan con la búsqueda de significación del pueblo venezolano. Pero esto va más allá de sus discursos, programas de televisión, expresiones espontáneas aquí y allá, cantos, chistes, llantos y otras demostraciones emotivas a las que nos acostumbró durante los últimos 14 años. Realmente sabremos si su liderazgo carismático fue efectivo si se cumple lo que Eisenstadt ha expresado de la siguiente manera:

La prueba de un gran líder carismático yace no en su habilidad para crear un evento o un movimiento, sino en su capacidad de dejar un impacto continuo a nivel estructural, al transformar las instituciones e infundir en ellas su visión carismática, invistiendo los aspectos regulares de la organización social con sus cualidades carismáticas y aura…[3]

PINTADAS CON EL ROSTRO DEL PRESIDENTE HUGO CHÁVEZ EN CARACASEsto quiere decir que  el proceso que sigue viene a ser de vital importancia en la vida nacional pues se trata, nada más y nada menos, que de la institucionalización del carisma de Chávez . La energía que hasta 2012 había sido gastada fundamentalmente  en desconstruir la democracia que se edificó en el período 1958-1998, ahora va a tener que ser invertida con una fuerza avasallante en la construcción y consolidación del nuevo orden político que hasta ahora, aunque avanzado por Chávez, todavía se percibe como incipiente. Para que esto sea posible, los símbolos transitorios tienen que hacerse permanentes y los aspectos provisionales de la rutinización del carisma o la institucionalización tienen que replantearse a través del grupo de seguidores comprometidos que ahora heredan la vinculación de Chávez con sus seguidores.


[1] Turner, S. (2003). Charisma reconsidered. Journal of Classical sociology. Vol 3(1):5-26.

[2] Hava, D. Y Kwok-bun, C. (2012). Charismatic leadership in Singapure: Three Extraordinary People. Springer Science+Business Media, pp. 13.

[3] Eisenstadt (1968), Max Weber: on charisma and institution building, citado por Hava y Kwok-bun (2012), Ibid.

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Pasando el manto

Tengo días rumiando estas ideas pero como siempre se me hace difícil decantarlas ante tanta lluvia de información por todos lados, tantos imprevistos, tantos cambios, tantas incertidumbres en este país que llamamos Venezuela.

Ayer miraba una producción de la TV del Estado sobre la carrera militar del presidente fallecido Hugo Chávez Frías (HCF) y me impresionó que su fecha de graduación en la Academia Militar de Venezuela fue en julio de 1975, es decir a apenas unos pocos días de mi graduación de ingeniero en la Universidad Simón Bolívar. Entonces comencé a tratar de recordar cuántas veces jugamos baloncesto contra el equipo de la AMV en su gimnasio de El Valle y si alguna vez había visto a su equipo de beisbol, del cual se supone HCF formó parte activa. Obviamente, a partir de ese julio de 1975, el siguió su camino militarista y yo el mío civil, tratando de aprovechar las oportunidades que los gobiernos democráticos de esas épocas nos daban y también pasando mucho trabajo cuando las puertas se cerraban y las frustraciones nos deprimían. Lo otro que pensé es que mientras HCF se dedicaba a madurar su movimiento y recibir las ideas que lo formarían políticamente, yo me dedicaba a formar profesionales en la USB, a crear un grupo de investigación y desarrollo, a participar en la vida de una comunidad cristiana y a formar una familia. Cuando HCF irrumpe en escena, el 4 de febrero de 1992, apenas unas horas antes había enviado, junto con mi amigo Gianfranco, invitaciones a investigadores de diversos países para colaborar en un número especial de una revista sobre el tema de investigación que trabajábamos en aquellos tiempos que era bastante novedoso. Tanto fue el impacto de esos momentos que el editorial que debíamos escribir lo titulamos Coup d’Etat. En otras palabras, mientras él trabajaba en su cosa, nosotros estábamos fajados con la nuestra (aunque a veces nos hizo pensar en sus discursos que no estábamos haciendo nada en realidad). ¿Quién iba a pensar en aquél momento que aquella figura que aparecía en televisión estaría ligada a la vida nacional durante los siguientes 21 años?

Al ver las escenas de su funeral y los traslados que han ocurrido en la ciudad capital quedo sorprendido de la extensión de este influjo y me pregunto de sus consecuencias a largo plazo. Ya no es solo una cuestión de ideologías, sistemas políticos o económicos, la temática de la pobreza, o el concepto de “el imperio”. Ahora la cosa se ha extendido a cuestiones que rayan en lo mítico y en los límites de la fe y las creencias. Me pregunto incesantemente, cómo es que alguien de mi tiempo y espacio, que frecuentó lugares conocidos por ambos (tal vez hasta jugó pool en el billar que estaba en el sótano del edifico de Sabana Grande donde ahora quedan las nuevas residencias estudiantiles), oyó la misma música y leyó algunos de los mismos libros que yo, puede haber conmovido a tantas personas en un espacio de sólo 21 años.  Mis respuestas a esta pregunta es algo que me gustaría al menos esbozar. Responderla cabalmente quizás requiera años sucesivos de estudio por parte de científicos sociales. Pero comencemos por algo al menos.

Como muchas cosas en la búsqueda de respuestas tienen que ver con el tratamiento de la sucesión de HCF, mi mente se trasladó a algunos eventos de ese tipo que aparecen en la Biblia. Uno que me resonaba era el pase del manto profético de Elías a Eliseo en 1 Reyes 19:20 en el Antiguo Testamento, y que finalmente se hace efectivo en 2da de Reyes capítulo 12. Memorables son las palabras de Elías: “Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea arrebatado de tu lado” a lo cual Eliseo ni corto ni perezoso respondió: “te ruego que pase a mí una doble porción de tu espíritu”. En otras palabras, el doble del poder, inteligencia, sabiduría, sagacidad, valentía y paciencia de Elías, ni más ni menos, es lo que pide Eliseo. Elías promete que será así solo si Eliseo presenciaba su partida. Pero esto no era suficiente, también era necesario que otros testigos presenciaran una demostración del nuevo poder que reposaba en Eliseo, cosa que efectivamente ocurre y ante lo cual los hombres que lo ven se postran en sus rodillas y expresan con admiración que: ¡El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo!

(c) The Fitzwilliam Museum; Supplied by The Public Catalogue Foundation

Ploughing: study for the mantle of elijah

Si aplicáramos esta sencilla secuencia a lo que hemos presenciado por todos lados esta semana diríamos que: 1) Elías escogió de antemano a su sucesor, 2) El sucesor un poco inseguro de sí mismo muchas veces le pidió que no lo dejara, 3) La petición es que el “espíritu” o carácter del mentor, de alguna manera se visibilizara en el discípulo de una manera doblemente poderosa, 4) Se necesita un símbolo de ese traspaso, el cual viene a ser el “manto” de Elías recogido por Eliseo y accionado por éste para demostrar el nuevo poder con que ha sido investido, 5) Hacen falta los testigos que de alguna manera ratifiquen y comprueben que, en efecto, en Eliseo se hace presente de forma vívida el mismo espíritu que Elías poseía y por lo tanto es digno de fiar y de seguir, y 6) Por último, no se deben subestimar los que hagan caso omiso de esas señales y prodigios y que se mofen del nuevo ungido, bien sea por su apariencia física o sus dotes intelectuales, eso si, sin olvidar que en esa doble porción del espíritu de Elías hay poder de sobra para despedazarlos y no tener que preocuparse por ellos.

espadaNo resulta muy complicado usar este pasaje de forma alegórica y encontrar los paralelos correspondientes entre esta historia y algunos eventos que presenciamos en estos días. Evidencias de la escogencia del sucesor de HCF han quedado grabadas digitalmente y corren por el mundo de forma viral, igualmente vimos a un titubeante “sucesor designado” aferrarse a la esperanza de que su mentor no partiese de esta vida. El símbolo se vislumbra en la espada de Bolívar, lo cual tiene significado para unos, o en la cuenta de twitter que lo tiene para otros, o en la camisa verde oliva con charreteras que tiene poder visual televisivo. Las constantes invocaciones a HCF por parte del sucesor solo demuestran esa necesidad de la “doble porción” que ahora hace falta, los testigos han tenido que recogerse por aquí y por allá, pero existen los que ya pueden atestiguar que es el mismo espíritu, y los burlones sobran adentro y afuera del país, es más están organizados y tienen un plan “desestabilizador”. Sin embargo, todo esto sigue pareciendo mágico y no explicaría cómo hemos sido conducidos hasta aquí y mucho menos hasta dónde es que vamos a llegar. Tal vez requerimos de un enfoque un poco más científico que nos oriente y nos ayude en la comprensión de las cosas.

Por ello también ha revoloteado en mi cabeza esa idea que introdujo Max Weber (1864-1920) sobre lo que denominó la “rutinización del carisma”, cosa que había yo estudiado hace algún tiempo atrás pero siempre en relación a movimientos religiosos, especialmente cristianos. Antes de elaborar un poco sobre el tema, las palabras por si solas pueden arrojar algo de luces. “Rutinización” se refiere a la vida diaria, a lo común o estándar. “Carisma”  hace referencia a un cierto don, poder, característica de origen extraordinario o sobrenatural, que una persona posee. En términos cristianos es charis o el don divino que reposa sobre un individuo para ejercer un rol en representación de Dios, generalmente ligado a la profecía. Así que esta rutinización del carisma básicamente describe al mecanismo por medio del cual el carácter extraordinario de aquel individuo que ha conseguido destacarse y exaltarse como líder de un movimiento, grupo, o país, ahora va a ser progresivamente institucionalizado, convertido en tradición, traducido a prácticas y rutinas que pueden ser aprendidas y racionalizadas por sus seguidores. Se parte de la base de que el “carisma” en sí mismo se sale de la norma y de la cotidianidad, por lo tanto es transitorio. Para que no sea efímero, una vez que el líder carismático desaparece, su esencia debe ser rutinizada, convertida en enseñanzas, en prácticas, símbolos y estructuras que la representen.

Sin lugar a dudas que todo es demasiado reciente, pero ya se pueden comenzar a ver los primeros pasos de esta rutinización. Por un lado, está el problema de la sucesión, puesto que por tratarse de un líder fuera de lo común, los simples mortales que le rodean no pueden llenar del todo su vacío. Así que la simbología que se use pasa a tener una importancia suprema. Además, hay que empezar a definir cómo se va a establecer la nueva rutina, las tradiciones que deben surgir, las nuevas prácticas que permitan extender ese carisma mediante estructuras organizativas complejas y pesadas instituciones. Alberto Barrera Tyszka trataba de satirizar un poco lo que estamos observando en su artículo de opinión de este domingo en El Nacional. Con sarcasmo expresaba que le parecía que Venezuela era “cada vez menos país y más iglesia”. Pero éstos no son más que los prolegómenos del proceso rutinización del carisma de HCF, en el cual según Max Weber, la casta sacerdotal pasa a tener una importancia suprema. ¡Así que veremos mucho más amigo Barrera!

Antes de detenernos un poco más sobre la rutinización, es necesario considerar el tema del liderazgo carismático de HCF, cómo y por qué surge, a pesar de que los orígenes del personaje parecen ordinarios como ya resaltábamos al comienzo. En una próxima entrada trataremos de entender algo de este fenómeno considerando algunas de las propuestas de Weber, pero también echándole una mirada a extensiones de estas teorías que han sido formuladas más contemporáneamente.

 

 

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